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.png) Dr. Alfredo Pernin
Nació el 19 de junio de 1867, en Buenos
Aires, donde su familia se encontraba circunstancialmente. De estirpe de
militares: su padre el general Diego Lamas, sus hermanos mayores, Diego el
coronel de Tres Árboles; Gregorio que fue el director de la Primera Escuela
Militar; su abuelo materno el general Delgado; se acostumbraba decir de su
madre, doña Mercedes Delgado de Lamas, que era hija de general, esposa de
general y madre de general. Walter Piaggio Garzón, en un estudio biográfico del
binomio quirúrgico Lamas y Mondino, dice que tenía sangre de soldado “de no ser
médico hubiera seguido la carrera de las armas”.
A los seis años regresa a Salto, donde
transcurre su infancia, viniendo ya adolescente a Montevideo. Allí, a los doce
años, inicia sus estudios de bachillerato en el Colegio Hispano Uruguayo y
luego en la sociedad Universitaria; en ella se relaciona con su coterráneo
salteño don Benigno Paiva. Este organizaba paseos que denominaba, algo
socarronamente “espartanos”; al principio iban a pie a lugares cercanos, luego
cada vez más lejos. En 1887 realizan un viaje a la estancia de Norberto Acosta,
primo de Regules, en campos próximos a la que es hoy Estación La Sierra. Para
esta excursión agenciaron una diligencia, que en esa época comenzaban a
arrumbarse en barracas y herrerías. Se arrimaron yeguarizos y vamos, en una
mañana de primavera, con las barras del día, salieron de Montevideo. El mayoral
era Elías Regules a quien decían Carpanetto (por el famoso terceto de
mayorales, Pichín, Piuma y Carpanetto); el cuarteador era un joven estudiante
de medicina, muy de a caballo, Alfonso Lamas, que en el cenáculo de Paiva
llamaban –según Solís Otero y Roca – Venadito. La primera parada la efectuaron
en Pando; de ella tenemos una fotografía tomada por Luis Mondino. Están frente a
una parva: Regules al centro; a su izquierda los guitarreros Ramón Saldaña y el
maestro Paiva; a la derecha Alfonso Lamas, Norberto Acosta; Mondino no siguió
con ellos, esa misma tarde volvió a la capital. Ingresó muy joven a la Facultad de
Medicina; allí su estudio concienzudo de la anatomía le valió ser nombrado
disector ayudante, junto al bachiller Nereo Iturriaga que era el primer
disector. Mostró desde el comienzo gran predilección por la cirugía, siendo
alumno de José Pugnalín, al cual conservó toda su vida el respeto,
reconocimiento y cariño que se deben al maestro.
Se graduó el 6 de agosto de 1890, a los 24
años; en esa época no había tesis de doctorado, reimplantada hacia 1891.
El mismo año que alcanzara su título, parte
para Buenos Aires, donde había estallado la revolución del 90; iba encargado de
una misión confidencial ante su hermano el capitán Diego Lamas, oficial que se
distinguiera con relevancia en el ejército argentino. De inmediato ofrece sus
servicios a las autoridades de la revolución. Terminado el movimiento armado
que encabezara Leandro Alem, el doctor Lamas regresa para hacerse cargo del
puesto de médico en Nuevo Berlín – Departamento de Río Negro – destino que le
habían dado al recibirse.
En 1891 se produce la vacante de profesor
de patología quirúrgica; Lamas se presenta al concurso e ingresa al personal
docente de la Facultad.
El año 1896 se crea la 2ª. Clínica
Quirúrgica y el Consejo Universitario, presidido por Alfredo Vásquez Acevedo,
designa para dirigir esa clínica al profesor Alfonso Lamas, éste propone como
jefe de clínica al doctor Luis Mondino; desde entonces se constituye el binomio
Lamas y Mondino.
La Segunda Clínica Quirúrgica, funcionó en
la Sala Jacinto Vera, un anexo de la Sala Francisco Cabrera, hasta entonces
asilo de enfermos crónicos de osteomielitis, tuberculosis óseas, urinarios,
úlceras varicosas y fagedénicas. Lamas hizo modificar la planta física,
constituyéndose una sala para operaciones asépticas y otra para curaciones e
intervenciones sépticas; se destinó una pieza para la esterilización del
instrumental y material de curaciones, lavabos, etc.
En 1898 el profesor Pugnalín renunció a su
cátedra, pasando la clínica de Lamas a ser la primera. La 2ª. Clínica
Quirúrgica se confió al profesor Alfredo Navarro, que recién regresaba de
Europa, funcionando en la Sala Maciel.
Cuando estalló la revolución de 1904, Lamas
ocupó su destino de jefe de la Sanidad Nacionalista, que ya había desempañado
en 1897, junto a Morelli y Lussich; quedó a cargo de la clínica el doctor
Mondino. A raíz de esas actuaciones el gobierno le destituyó. Una vez declarada
la paz, se le confirió nuevamente el cargo. En un principio no quería aceptarlo
pero, a instancia de colegas, profesores y discípulos, volvió nuevamente a la
docencia. Mientras tanto la clínica del profesor Navarro pasó a ser la primera
y a funcionar en la Sala Jacinto Vera, hoy Sala Navarro. Lamas al
reincorporarse ocupó la Sala Maciel que había sido la de su maestro Pugnalín.
Posteriormente a la Sala Maciel se agregaron las Salas Artigas y Cirugía B. Esa
es la razón por la cual la Clínica Lamas pasó a ser la Segunda Clínica
Quirúrgica.
Desde 1905 hasta 1935, Lamas enseña cirugía
en la Sala Maciel. Primer maestro de la cirugía uruguaya, lo llamó el doctor
Alberto Roldán (en su artículo del Libro de Oro del profesor Lamas, 1944).
Durante casi medio siglo, desde 1891 como profesor de patología quirúrgica, y
desde 1896 como profesor de clínica, hasta 1935 al retirarse, diciendo que
había que dejar lugar a los jóvenes, ejerció la docencia en el más alto sentido
de la palabra. ¿Cómo estuvo signada esa docencia? Quizás la mejor definición
nos la da el ya citado Roldán, en estas sencillas palabras: “honestidad,
sobriedad, espíritu práctico”.
Quería formar cirujanos prácticos, que
supieran lo necesario para cumplir eficazmente su misión, realizándola
rigurosamente dentro de una severa ética profesional y humana. En su enseñanza
no perdía tiempo en florilegios eruditos yendo directa, y me atrevo a decir
humildemente, a lo que realmente pudiera saberse por la historia y el examen
del paciente. Proponía rápidamente el probable diagnóstico, aconsejaba el
tratamiento, encuadrado en la mayor humanidad compatible con la lesión a tratar
y planteaba el eventual pronóstico.
Siempre decía: “hay algo peor que no
hacerle nada a un enfermo, y es provocar su muerte”. En otro dicho, o aforismo,
encerraba el concepto, para ese entonces de avanzada, de las operaciones
escalonadas: “es preferible curar en dos tiempos, que matar en uno solo”. La
operación llamada justicieramente de Lamas y Mondino, consistente en provocar
adherencias de la pleura parietal y visceral, frente a la localización del
quiste hidático de pulmón para luego, a
través de ellas, evacuar el quiste hidático. Se evitaba así el neumotórax, el
colapso del pulmón, casi siempre mortal, de la operación en un tiempo; por otra
parte, en los pocos casos de sobrevida, la cavidad pleural quedaba sembrada,
contaminada. Hasta la aparición de las técnicas de anestesia general que
permitieron manejar el tórax abierto, la operación de Lamas y Mondino salvó y
curó innumerables casos; sería largo y no corresponde al objetivo de nuestro
artículo, historiar el desarrollo de los perfeccionamiento de esa cirugía:
método de Posadas, arponado, la complicadísima técnica del alemán Sauerbruch,
todas tendientes a evitar el colapso pulmonar. Lo original de la técnica de la
Sala Maciel, que no puede negarse, consistió en su sencillez y su empleo
sistemático, y el no dejarse tentar por conquistas no del todo consolidadas.
A fines de 1898, el doctor Lamas propuso a
Mondino la instalación de un sanatorio para evitar las operaciones improvisadas
en fondas y casas de familia. A ese efecto alquilaron una casa en la calle
Hocquart; dos años después arrendaron otra, más amplia, en la calle Durazno
donde trabajaron hasta 1907. En esa fecha se inauguró el nuevo sanatorio, el
primero construido con ese fin. Se edificó en un terreno de un cuarto de
manzana, en las Tres Cruces, adquirido a la sucesión de Juan Pernin. Fue el
sanatorio, con frente al Camino 8 de Octubre, conocido como de Lamas y Mondino.
En esos sanatorios hubo brillantes
practicantes; para citar solamente unos pocos: fue interno el que
posteriormente fuera el profesor Ernesto Quintela, quien realizó algunos
ensayos de anestesia con protóxido de azoe; Eugenio Lawrence, que integró los
cuadros del servicio de sanidad del ejército revolucionario, actuando
directamente en el Hospital de Sangre de Cuchilla Seca (Minuano). Desde 1908
ocupó ese cargo Alberto Roldán quien, después de recibirse, fue a radicarse en
Paysandú donde ejerció la cirugía con el éxito y brillo que son del dominio
público. En 1919 fue interno el bachiller Briz,
que luego de doctorarse se instaló primero en Minas de Corrales y
después en Rivera.
El bagaje científico quirúrgico del
profesor Lamas provino principalmente de Pugnalín, un brillante y capaz
cirujano de la Escuadra Austro Húngara (era nacido en el Lombardo Véneto), de
formación principalmente vienesa y que, en los comienzos de nuestra escuela de
medicina se radicara en Montevideo; y de José Samarán, el jefe de clínica de
Pugnalín; un cirujano español purista de la técnica de Ollier y Farabeuf. Pero,
puede decirse, que en mucho fue un autodidacta, con una facilidad asombrosa
para nutrirse de su propia experiencia.
Considero de interés recordar algunos de
los integrantes del profesorado de la Facultad en los años que cursaba sus
estudios nuestro biografiado. En anatomía, el doctor José María Carafí; en
fisiología, el doctor Francisco Suñer y Capdevila; química, el farmacéutico,
Juan J. González Vizcaíno, sustituido luego por el doctor José Scoseria; la
historia natural médica, la enseñaba el químico farmacéutico José Arechavaleta;
la materia médica y terapéutica, estaba a cargo del doctor Eduardo Kemmerich;
patología y anatomía patológica don Guillermo Leopold; el doctor Alejandro Fiol
de Pereda, la obstetricia; la clínica semiológica, estaba a cargo del doctor
Antonio Serratosa; la clínica quirúrgica, del doctor José Pugnalín; la clínica
médica era enseñada por el profesor Pedro Visca; medicina legal, el doctor
Elías Regules y la clínica oftalmológica, el profesor Albérico Ísola. Los
decanos, en ese período, fueron sucesivamente: Pedro Visca, Elías Regules y
José Scoseria.
Dice don Domingo Prat, en su artículo del
Libro de Oro (loc. Cit.) el profesor Alfonso Lamas culminó en la parte
científica de la docencia, pero superándola ampliamente en la parte personal de
su función. Cultor del mayor respeto y consideración por el enfermo que se
confiaba a su cuidado, nos inculcó con la práctica y el ejemplo esa noble
enseñanza.
Era un cumplidor estricto de sus funciones
docentes y asistenciales; llegaba puntualmente a las 10 de la mañana y se
retiraba a las 12. Recordamos sus alumnos que, cuando alguien seguía hablando
sobre algún caso clínico, en el anfiteatro, pasado el medio día, se veía
aparecer la cabeza redonda y canosa de Lamas que se asomaba y preguntaba cortés
y firmemente: “¿nadie quiere ir a almorzar esta mañana?”. Ni qué decir que
quien se había excedido en el horario terminaba al punto su perorata.
Contribuía así a mantener el orden y la disciplina, tan necesarias en nuestras
aulas universitarias.
De correcta y castiza dialéctica dominaba
la ironía, más o menos directa, siempre aguda y educada. Dice también Prat, a
quien aquí citamos textualmente: “su personalidad puede considerarse como la
asociación íntima de las cualidades superiores del caballero hispano y de
nuestro noble gaucho de la epopeya libertadora”.
Con amoroso sentimiento de padre, fue
severo con sus discípulos y amigos; nunca se mostró débil ni aduló a los
estudiantes, siendo más bien rígido con ellos, pero en todo momento ecuánime y
justo. Una de sus citas favorables era: “hacer todo el bien que se pueda; amar
la libertad por encima de todo y, aunque fuere a cambio de un trono, no faltar
nunca a la verdad”.
En 1913 realiza un viaje a Europa, con el
propósito de perfeccionarse y conocer los adelantos científicos y técnicos de
su profesión. En su recorrida por clínicas alemanas y francesas, supo asimilar
aquellos conocimientos que pudieran servirle para su docencia y aquilatar
experiencias que enriquecieran su práctica. En una visita al servicio del
profesor Paul Reclus (el del famoso Précis de los Agregados), se mostraba un
paciente con una tumoración en el hipocondrio derecho. Se le preguntó qué
pensaba pudiera ser, pues aún no tenían certeza del diagnóstico. Contestó que
si estuviera en el Uruguay, diría que posiblemente fuese un quiste hidático del
hígado. La operación confirmó el diagnóstico; se trataba de un magrebino de
Túnez, región de cría de ovejas.
Jamás vimos al profesor Lamas tratar de
deslumbrar a los concurrentes a sus clases con elaborados ejercicios de
retórica clínica. Su enseñanza se desarrollaba ateniéndose al caso presentado,
favoreciendo el diálogo y facilitando la controversia con preguntas e
insinuaciones a ese fin conducentes. En ese repasar del archivo clínico se
desarrollaba frecuentemente un pintoresco diálogo con quien le acompañaba en la
primer grada del anfiteatro, el profesor Mondino, que terciaba en la discusión
con aquellas casi sacramentales palabras: “te acordás Alfonso…”
Su actuación ciudadana y política es bien
conocida, y no corresponde aquí el historiarla. Como partidario sirvió siempre
a su Partido Nacional, tanto en la paz como en la guerra. Desde sus actuaciones
en la sanidad revolucionaria, en las campañas de 1897 y 1904, hasta su
integración del directorio del Partido Nacional; como consejero, durante seis
años, en el Consejo Nacional de Administración, sostuvo su convicción liberal.
Positivista por su formación en el bachillerato, junto a Benigno Paiva y
Plácido Ellauri, sus concepciones filosóficas se caracterizaron por el respeto
a la libertad de pensamiento y la mayor tolerancia por las opiniones de los
demás. Como médico sostenía la inquebrantable posición de no hacer distingos
entre los seres humanos, ni por raza, religión o posición social.
Gran caminador, iba con frecuencia desde su
casa de la calle Colonia casi Paraguay hasta el sanatorio, donde llegaba a eso
de las siete y media en verano o las ocho en invierno. Un poco antes de las
diez se encaminaba al Hospital Maciel, casi siempre con Mondino quien,
automovilista desde la primera hora, lo llevaba en su vehículo. Con frecuencia
aprovechaba sus asuetos para trasladarse al interior, en excursiones
cinegéticas en compañía de amigos; en el establecimiento visitado recorría los
potreros, escopeta bajo el brazo, cansando a compañeros y hasta el perro. Sus
vacaciones más largas las pasaba en su chacra de la costa del arroyo Pando, y
posteriormente, en el campo del Cerro de los Burros, en Playa Verde, alternando
la caza y la pesca.
Aquí no puedo resistir la tentación de
relatar una anécdota que se me antoja sabrosa, y es por lo menos auténtica. En
la época heroica de la cirugía a domicilio, cuando hacía las veces de quirófano
la sala o el comedor de la casa del paciente, o una habitación de una fonda, o
la pieza de un conventillo, desalojada al efecto, de enseres y muebles; Lamas y
Mondino, después de realizada la intervención en esa sala de operaciones de
fortuna, tenían necesariamente que seguir la evolución del caso. En ciertas
circunstancias, no teniéndolas del todo consigo, enviaban en descubierta, antes
de cumplir la contravisita, a su gran amigo e inseparable compañero de cacerías
Luigi Franchi (un armero toscano que tenía su negocio en la calle Ituzaingó);
cuando llegaban a la cuadra anterior del domicilio del enfermo, Franchi
descendía del coche y, como quien no quiere la cosa, iba a averiguar lo que
podía estar pasando. El italiano preguntaba por el o la paciente y, si todo
marchaba bien, nuestros doctores seguían sus pasos y entraban en la casa.
En una ocasión, al menos, y así me lo relató
el propio Franchi, se encontró con el conventillo en plena ebullición; los
parientes y vecinos vociferaban improperios contra quienes calificaban de
farsantes y asesinos; la paciente acababa de fallecer; presto volvió el
mensajero, calándose el gacho hasta los ojos, y subió al coche que lo esperaba
a la vuelta de la esquina, diciendo según parece: “curagio scapuma”.
El doctor Alfonso Lamas cumplió
generosamente con sus actividades de hombre, de profesor, de cirujano, de
ciudadano y de político. Al llegar a lo que consideraba el límite de edad para
médicos y principalmente cirujanos, a los 68 años, se retiró sencillamente sin
aceptar honores ni homenajes. Un grupo de discípulos y amigos, entre los cuales
me enorgullezco de formar parte, lo rodearon en su chacra de Playa Verde, junto
a un asado al aire libre.
Falleció en 1954, habiendo cumplido 87
años. Tiene don Alfonso Lamas un lugar de privilegio bien ganado entre
conciudadanos, amigos y discípulos.
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