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Sólo me anima a escribir estas líneas el deseo de trasmitir a la comunidad una experiencia y algunas reflexiones. No pretendo ofrecer una solución única, no creo que la haya, sino introducir en el ámbito de discusión algunos elementos que considero deberían tenerse en cuenta.
Me pregunté al dirigir estas líneas vinculadas
a temas atinentes a la Salud si debía hacerlo sólo a la Red Médica que integro,
pues soy Psiquiatra de Niños y Adolescentes o era mejor, como finalmente
decidí, volcarlas además a un medio de comunicación pues así tendrían la
posibilidad de alcanzar no sólo a los colegas sino además a otros sectores:
enfermeros, personal de servicio, usuarios, etc. que pudieran eventualmente
estar interesados y/o involucrados en la cuestión.
Hace cerca de 40 años un artículo de
J. Anthony me conmovió: el personal médico, de enfermería y de servicio, en una
sala pediátrica de enfermos hematológicos terminales, en la medida que el
inexorable desenlace fatal del enfermo se aproximaba, tendía a evitarlos a él y
a su familia en lugar de acercarse en un momento crucial en que ambos, paciente
y familiares, necesitaban sostén y aliento máximos.
Esa sensibilización temprana me llevó
años después a preocuparme por temas afines y conexos: apego, calidad de vida,
relación médico-paciente y finalmente a las estrategias de cuidados del
cuidador. Estas últimas son estrategias que deben desplegarse cuando
equipos de Salud o de Educación trabajan en situaciones de estrés. El enfoque
de estas líneas, dados los recientes lamentables sucesos ocurridos en dos
centros asistenciales, se ceñirá exclusivamente a los Equipos de Cuidados
Intensivos.
Tuve oportunidad de trabajar en el
Centro Hospitalario Pereira Rossell conjuntamente con dos destacados profesores
y amigos, los doctores Mauricio Gajer y Marta Alberti. Allí implementamos hace
años, no sin tener que vencer cierta resistencia inicial que encontramos, una
entrevista previa a los aspirantes a ingresar al Postgrado de Intensivismo
Pediátrico de la cual participaba un recurso de Salud Mental. De modo general
podemos decir que el resultado fue bueno porque nos permitió detectar casos en
los que ese trabajo podía exponer a riesgos y en otros pudimos orientar
adecuadamente del punto de vista de nuestra especialidad a los entrevistados.
Desde una perspectiva conceptual
quienes pertenecemos a los Equipos de Salud somos Cuidadores, no sólo por
vocación sino por obligación y tenemos por objetivo de nuestro cuidado al
paciente y además a su familia. Un aspecto de ese cuidado lo integra el
estudio, vigilancia y perfeccionamiento de la relación médico-paciente. Nosotros,
siguiendo a autores internacionales de renombre, empezamos hace años a
preocuparnos por el Equipo de Salud en si mismo entendiéndolo como un cuidador
al que también hay que cuidar porque uno de los riesgos a los que se ve
expuesto con mayor frecuencia es el burn out, especie de surmenage como se
decía antes o agotamiento psico-físico por estrés como se acostumbra decirle
ahora. Vengo desde hace años insistiendo en jornadas y congresos con el tema y
aún he publicado artículos sobre ello. [1]
Como puede apreciarse fácilmente toda
esta fundamentación se apoya en principios incondicionales que nos animan y que
se basan en una vocación de servicio irrenunciable que nos lleva a preocuparnos
fundamentalmente por el cuidado del otro. Si rastreamos en el origen de los
sentimientos que determinan estas tendencias altruistas veremos que la empatía
juega un papel fundamental en ellas. En este perfil no entra y jamás pensamos o
previmos que pudiera entrar la sustitución del espíritu cuidante por la
premeditación asesina.
¿Cómo evitamos que tal tipo aberrante
de situaciones se vuelva a dar?
No pretendo ofrecer una solución
mágica porque no existe y sólo con la intención de acercar alguna alternativa, que
la evaluación ulterior demostrará o no en qué medida sirve, ofrezco la
siguiente propuesta:
Primero, pensar que este tipo de situaciones anormales pueden
darse con lo cual al anticiparlas podremos prevenirlas.
Segundo, establecer controles y
medidas de seguridad que aumenten la vigilancia para disminuir el margen de
cometer delito.
Tercero, promover el desarrollo de la
empatía
que es la que permite “ponerse en los zapatos del otro” y “no hacerle lo que no
me gusta que me hagan a mi”, lo cual es posible si se aplican programas que
favorecen su incremento. Esto se puede fomentar por varias vías, pero
fundamentalmente a través de programas que se incluyan en la formación de los integrantes del Equipo
de Salud, en quienes además de la promoción de la empatía debemos incentivar el
desarrollo de valores éticos, así como el apego a los mismos en el ejercicio
profesional y estimular el fortalecimiento de una auténtica vocación de
cuidados sin descuidar el nivel de su calidad de vida y también el de los
factores que inciden en el equilibrio de su salud mental.
Es obvio que no alcanza con enfocar
un solo polo del espectro de actividades de la sociedad y que lo que propongo
para los integrantes del Equipo de Salud debiera extenderse a la formación de los integrantes de otras actividades
comunitarias y aún de niños y jóvenes en sus etapas formativas.
Ante una sociedad que da muestras
cada día del deterioro progresivo de los valores intentar incorporar en sus
ciudadanos el respeto y consideración por el otro no parece un objetivo menor,
pero para emprendimiento tan ambicioso como necesario, es preciso que haya
voluntad política de las autoridades nacionales, de las autoridades
universitarias, de las autoridades de la enseñanza y de las autoridades de
otras muchas instituciones que tienen proyección social, ya que el desafío nos
involucra a todos.
En situaciones extremas como la
planteada recientemente la paranoia es mala consejera (un corolario indeseable
de tal desvío sería la medicina defensiva), pero la frivolidad y la negligencia
también lo son.
Prof. Dr. Miguel A. Cherro Aguerre CI: 641.383/3
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