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En los últimos días del año 2011
apareció un nuevo libro de Ricardo Pou Ferrari. Un magnífico ejemplar que en
gran volumen desarrolla hasta los más mínimos detalles de la vida, obra y
proyección del Profesor Enrique Pouey (1858-1939). El primer profesor de
Ginecología de nuestra Facultad de Medicina.
Como Pou Ferrari nos tiene ya
acostumbrados, sus libros son un extracto de erudición y cariño por la Historia
de la Medicina nacional, producto de muchos años de paciente investigación.
Acompañado de una iconografía que él va descubriendo, y abarcativo de todos los
aspectos de la vida de los personajes que ha tenido el valor de abordar. Las
principales figuras de la Ginecología y Obstetricia nacionales. Verdaderos
líderes en lo que hicieron, con los que resulta difícil lidiar, por la magnitud
de su trayectoria y la importancia, hoy ignorada, de su inmensa obra médica,
científica y humana.
Ya nos había deleitado con su
libro sobre Augusto Turenne: Pionero de
la Obstetricia Social en América Latina; Fundador del Sindicato Médico del
Uruguay ,
en 2006, el que dedicó a Juan Pou Orfila: Crónica de una pasión pedagógica,
también de 2006. Ahora nos regala este
tan rico aporte.
Este autor, RPF, actual
Presidente de la Sociedad Uruguaya de Historia de la Medicina, nos ha deleitado
ya con sus valiosas producciones historiográficas, en los mencionados libros y
en múltiples intervenciones, artículos y conferencias sobre aspectos de la
Historia de la Medicina, que es una de las grandes pasiones de su vida.
Nos entrega recientemente este
libro, mayor que los anteriores, que constituye una minuciosa y rica biografía
de Poeuy, que tanta influencia tuvo en el desarrollo de la Cirugía y la
Ginecología en nuestro medio. Pero sobre todo, que le dio proyección
internacional a la calidad de nuestra Medicina, a través de las técnicas
innovadoras que desarrolló, a los vínculos que supo cultivar con los
principales centros de avanzada mundiales, en su tiempo, y de sus condiciones
profesionales y personales. Que lo hacen un referente ético, además de un
médico ejemplar en todos los campos de su actuación y un filántropo como pocos
ha tenido el País y la Región.
Que pone de manifiesto, para
quienes lo hayan olvidado, su carácter de pionero y filántropo, cuyas
contribuciones generosas y amplias, han tenido muy pocos imitadores.
Permaneciendo en un cono de sombra, que es el de la supina ignorancia, para las
generaciones actuales, aún de los más encumbrados personajes de la Medicina
nacional.
Pouey fue uno de los primeros
egresados, en 1884, de la Facultad de Medicina fundada por Decreto de diciembre
de 1875 y cuyas primeras cátedras comenzaron a brindar enseñanza a mediados de
1876. En medio de estrecheces y tropiezos. Sin docentes nacionales, con una
enorme cuota de sacrificio y tesón de aquellos sabios atrevidos, que desde el
inicio buscaron en el concurso de pruebas la forma de saldar las lides por los
cargos. Para finalizar sus estudios, luego de padecer una fiebre tifoidea que
puso en riesgo su vida, defendió su Tesis sobre “El tratamiento antiséptico de
las heridas”, luego de lo cual viajó a París.
Enrique Pouey, junto a Francisco
Soca y Joaquín de Salterain, egresados de una Facultad de Medicina que daba sus
primeros pasos, fueron becados a Europa por el gobierno del Gral. Máximo
Santos, para perfeccionarse. Ellos cursaron, en París, de nuevo la carrera y
luego se vincularon con las principales clínicas, y tomaron contacto directo
con los Grandes Maestros de la Medicina y la Cirugía. Cuando retornaron al País,
eran tres destacadísimos médicos, que en las décadas siguientes devolverían con
creces al Uruguay en obras y enseñanzas, lo que de él habían recibido como beca
de estudios, aprobada por el Parlamento. En París realiza su Tesis de
doctorado, en 1888, con sus “Investigaciones sobre los microbios del pus
blenorrágico”, caracterizada por su sencillez y brevedad, incorporando valiosas
observaciones no sólo sobre la gonorrea en la mujer, sino también en lo
relativo a la oftalmía del recién nacido y todo el arsenal de medidas sociales
de prevención acerca de la prostitución y la higiene sexual. Constituye un
trabajo científico experimental elaborado por un clínico, con amplia base en la
investigación de laboratorio. El tema guiaría muchos de sus pasos posteriores,
a través de las consecuencias alejadas para las enfermedades pelvianas de la
mujer y las uretritis asintomáticas del varón.
Nuestro biografiado, francófono
por educación y por sus ascendientes, no sólo se dedicó en París a profundizar
en Cirugía y Ginecología con los mayores valores de la época. Su carácter
inquieto y su dominio de los idiomas inglés y alemán le permitieron estrechar vínculos con los principales exponentes
de la Cirugía en Europa y los Estados Unidos. A la vez que tomar contacto directo
con algunas disciplinas básicas como la Microbiología, en el Instituto Pasteur, que le serían de enorme
influencia en su futuro en Uruguay. Pero también su vinculación con el American
College of Surgeons y particularmente con los Hermanos William James y Charles
Horace Mayo, fueron decisivos para estrechar lazos científicos y humanos con
los mayores referentes de la cirugía de la época. Ellos y otros cirujanos,
organizaron ya en 1920 una excursión (un crucero, diferente de los actuales) a
Sudamérica, donde volvieron impresionados de los valores y creatividad de
nuestros cirujanos de la época, lo que difundieron en sus publicaciones
inmediatas, en las revistas médicas más importantes. Eso fue un timbre de atención y orgullo para
nuestros cirujanos de entonces, al verse tan bien conceptuados por referentes
de esa talla.
El avance de la Cirugía en
Uruguay se debió a la visión de Pouey en la introducción de la antisepsia de
Lister, primero, siguiendo a José Pugnalini, y en la asepsia más tarde. Lo que
le permitiría avanzar en el abordaje audaz, pero consciente, de la cirugía de
las grandes cavidades: el abdomen, el tórax y hasta el cráneo humanos (operó la
primera neuralgia del trigémino).
Como cirujano y ginecólogo, Pouey
fue un investigador inquieto y profundo. Que se informó, investigó y publicó
extensamente, tanto en Uruguay como en el exterior, exponiendo sus técnicas
originales para el tratamiento de las cervicitis crónicas, causadas
principalmente por el gonococo. Técnica que luego fue expandida para el
tratamiento quirúrgico del cáncer cervical uterino (CCU). La así llamada
operación de Pouey, o “conización” del cuello, constituyó un epónimo
mundialmente reconocido, aunque tal vez olvidado por las nuevas generaciones.
La introducción de la
Curieterapia para el tratamiento del Cáncer Genital Femenino (CGF) fue de su
patrimonio exclusivo. Él trajo de Francia, la técnica de aplicación del Radium
para el tratamiento oncológico. En París mantuvo largos contactos con Madame
Curie y su escuela, que le permitieron dar los primeros pasos en esta
innovadora materia. Décadas más tarde, adquiría, en Bruselas, el Radium que de
su peculio aportó a la Facultad de Medicina y al Hospital Pereira Rossell, para
el tratamiento del CGF y principalmente el CCU. Tal vez fue el pionero en la
aplicación del leasing, una moderna
modalidad jurídica de alquiler con opción final de venta, que fue legalizado en
nuestros países sudamericanos en el último cuarto del siglo XX. Pero que Pouey
introdujo en 1928. Que aplicó pagando más de 25.000 dólares de la época para
tener permiso de uso de cierta cantidad de Radium por el término de tres años,
que quedaría en propiedad, si al cabo de ese tiempo decidía adquirirlo. Pagando
otros US$ 20.000, lo que obviamente hizo. Ese Radium belga procedía de las
Minas del Alto Katanga, en el entonces Congo Belga. El Dr. Félix Leborgne
(padre) estuvo asociado desde el inicio a esta nueva técnica, lo que haría una
larga tradición a lo largo del siglo XX, continuada por su hermano Raúl y sus
hijos Félix y José Honorio.
Construyó a sus expensas el
Pabellón de Curieterapia del Hospital Pereira Rossell, otro legado
impresionante, que cayó injustamente en el olvido, por más que lleve su nombre.
Porque la mayoría ignora quién fue y por qué lo hizo. Allí se sentaron las
bases del moderno tratamiento radiante del CGF y especialmente del CCU, en
tiempos que se conocía poco de los efectos deletéreos de las radiaciones
ionizantes.
En ese Servicio fue el maragato
Miguel Becerro de Bengoa, uno de sus Jefes de Clínica Adjunto, que ideó una
compleja clasificación del CGF, que con variantes mínimas es la que finalmente
hasta hoy adoptó la FIGO (Federación Internacional de Ginecología y
Obstetricia) para la estadificación del cáncer y las estrategias terapéuticas.
Publicó y exhibió sus éxitos a la
par que sus fracasos, con total sinceridad, para trasmitir con su modo de
actuar fresco y honesto, los resultados alcanzados y cómo seguir avanzando.
Muchos detalles nos brinda el
autor acerca de la familia y las raíces de los Pouey, así como la trascendencia
del trabajo de su padre que fue uno de los primeros maestros que inició un
colegio francés. Que sería con los años el Lycée
Français. Sus vinculaciones sociales y su afamado sanatorio particular
desfilan por este libro, entre muchos de sus 42 apasionantes capítulos. Sanatorio
en el que sus colaboradores eran tan eficientes que le permitían llevar
cuidadosos registros estadísticos y anatomo-patológicos de los pacientes
tratados, al igual que lo hacían en la Clínica ubicada en la estrechez de la
Sala Santa Rosa del viejo Hospital de
Caridad primero, desde 1895, y en el Pereira Rossell más tarde, desde 1923.
Allí puede apreciarse, de esas
prolijas registraciones, la variedad de su faena quirúrgica, donde trataba no
sólo pacientes ginecológicas, sino abordaba quistes hidáticos, tumores de todas
las localizaciones y un amplio panorama de la cirugía de la época, con total
solvencia, y que nos habla de una época en la que la Cirugía estaba poco
diferenciada en el amplio campo que hoy ofrecen las Especialidades. Del trabajo junto a Pouey surgió, por ejemplo
Carlos V. Stajano, primero Ginecólogo destacado, con abundante trabajo
experimental en la investigación del cáncer, y luego notable profesor de Clínica
Quirúrgica.
Tuvo Pouey una formación básica
de gran solidez, adquirida en Francia, a la cual regresó una y otra vez, desde
que cursó allí su Bachillerato en el Colegio
Sainte Barbe, de París. Adquirida en Microbiología en el Instituto Pasteur,
y en Patología, lo que le permitió proyectar con solidez sus trabajos e
hipótesis, idear técnicas y mostrarlas al mundo, sin orgullo pero con la
prestancia y delicadeza que le eran propias y que le valieron el reconocimiento
internacional.
Se pasa revista a su fortuna y
filantropía, traducida en importantes aportes que no tienen parangón entre sus
colegas, anteriores o posteriores, para el bien común. Se analiza
exhaustivamente su abundante e importante bibliografía, como no se había hecho
antes, a pesar de ingentes esfuerzos efectuados por la propia Facultad de
Medicina, posteriormente a su muerte. En un esfuerzo gigantesco y valioso.
Formó muchos discípulos, que
continuaron ensanchando su magna obra. De su Clínica surgieron notables
ginecólogos que culminarían años más tarde como distinguidos Profesores, o
nobles especialistas, compartiendo ese espíritu inquieto del Maestro para
innovar buscando las mejores soluciones a favor de sus pacientes.
Se brinda una información amplia
y rica sobre la saga de sus discípulos y colaboradores, con semblanzas de doce
de ellos, que los caracterizan claramente y aportan en muchos casos,
información que no existe en otra parte. En un apartado documental, nos aporta una
extensa y rica variedad de 42 piezas que van jalonando la trayectoria vital de
Enrique Pouey, explicando muchas de las peripecias de su vida personal y
profesional. Desde el acta sacramental del matrimonio de sus padres, hasta la
correspondencia mantenida con personalidades de la época, las publicaciones de
técnicas quirúrgicas, algunas de sus principales conferencias o los homenajes
que se le tributaron en ocasión de su retiro y a su muerte.
Sin embargo, el autor respeta
cualquier detalle de su vida personal, y no se brindan explicaciones de su
soledad, tal vez vinculada a sus experimentos juveniles realizados en París
durante sus cursos de grado, cuando se introdujo, él y algún otro compañero, la
famosa Neisseria gonorrhoeae para conocer con mayor profundidad sus
efectos. Tal como había hecho en Inglaterra John Hunter, más de cien años
antes, también con mala fortuna.
Un rico anecdotario extraído de
su práctica clínica permite valorar la firmeza de carácter de Enrique Pouey,
mezclada en partes iguales con su sensibilidad para resguardar el más absoluto
marco ético en su trabajo. Dejándonos sabrosas historias que muestran cómo
debían arreglárselas en su época, sin antibióticos ni medidas radicales, más
que la educación higiénica y el resguardo de sus pacientes, cosa que a veces
algún historiador vernáculo ha interpretado, tal vez equivocadamente, como
signo del poder médico.
Sus discípulos se cuentan entre
los mayores valores de la Cirugía del siglo XX, particularmente en el campo de
la Ginecología y la Obstetricia. Pero también en el de quienes luego de décadas
a su lado, pasaron al terreno de la Cirugía General, como mencionamos.
En suma: un nuevo y grande aporte
al conocimiento más profundo de una de las personalidades de mayor solidez y
proyección en la Cirugía y la Ginecología de los siglos XIX y XX. Los aportes a
la cirugía abdominal, de la hidatidosis, de la vía biliar (practicando las
primeras colecistostomías), con trabajos pioneros, deben ser reconocidos, como
los de un brillante Adelantado. Que sembró enseñanzas y dejó abiertos caminos
anchos y venturosos a sus discípulos, y sobre todo a sus pacientes. Orgullo
para el Uruguay haber tenido médicos de esta talla. Alegría para el Cuerpo
Médico Nacional de contar con historiadores de la Medicina como Ricardo Pou
Ferrari, con tanto talento para dar a luz obras de tan rico y erudito
contenido. Felicitaciones al autor y que muchos colegas puedan disfrutar de tan
hermosa obra.
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