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Paredes PDF Imprimir E-Mail
Lucía Blanc de Barnea (traducción Dr. Antonio L. Turnes)   
martes, 03 de enero de 2012
Octubre, el mar al este y la promesa de una temperatura más amena. Camina teniendo como fiel compañero el viento. Respira hondo, pausadamente, el cabello liso acompaña el soplo de aire fresco, los ojos agradecidos por el don de la visión, el reconocimiento del aroma que anuncia el florecer de los jazmines. Lleva por sobre el cuerpo  un suéter, la bolsa colgada al cuello, los zapatos moldeados por años de servicio prestado en la mano, se sorprende, una bolsa. Traza mentalmente el trayecto recorrido desde temprano para descubrir su origen en cuanto la siente rozar la pierna.  La alienación entre su tronco y el brazo colgante le carcome la existencia. Avanza de mano dada al desconocido en busca de pistas que diluciden el misterio.

Una pared espesa y al mismo tiempo fluida se yergue y le bloquea el pensar. A los pocos instantes un adormecimiento le invade el cuerpo.  De lejos escucha un ruido brusco y comprende que está estirada en un medio frío.

Probablemente la primera pared que conoció conformaba los límites e su cuarto. Acostada, alista cada músculo de su cuerpo para colocarse gateando y luego ensayar lo que vendría a ser su primera escalada. De pie, las manos apoyadas contra la pared, se devela una nueva visión de su universo. Había mucho por descubrir desde ese nuevo ángulo.

¡Qué sería poco más de medio metro frente a la altura de aquella pared gigante!  Su flacidez de mujer brillante y los límites de la racionalidad madura se burlan hoy del placer experimentado en su primera gran conquista.

A medida que sumaba centímetros las paredes crecían, había nuevos desafíos a sobrepasar. Adolescente, rehizo la decoración de su cuarto. Un poster no enmarcado con las inscripciones invertidas pasó  a ocupar el lugar del antiguo grabado clásico. Secretos compartidos, cartas de amor, libros escondidos, sueños prohibidos – todos callados por paredes que envejecían junto a ella. Amó, lloró, cruzó límites, fronteras, de otros estados, países, siempre una nueva mujer.

Se embarazó lejos de casa. Su madre llegaría para el nacimiento acompañada de una gran valija que contenía un mundo de sueños de abuela. Que la maternidad no doliese, que educar fuese fácil, que la salud se mantuviera inquebrantable, que aprender con la experiencia ajena fuese posible, que ser femenina le viniese naturalmente – todos deseos mezclados a ropas delicadamente perfumadas, la manta de bombasí hace generaciones en la familia, una rana y una gallina de porcelana pintadas a mano, y un delgado zapatito de cristal que pudiese calzar su futuro feliz.

Comprendió la dimensión de las paredes de su útero cuando se embarazó.  Se sintió femenina, capaz de generar lo sublime. Atestiguó cómo se desfiguraba su cuerpo casi esbelto, le alteraba el humor y el paladar. No había protección mayor, abrigo más generoso para la simiente que germinaba. Eran momentos de plenitud inexplicable, especialmente cuando desde dentro le llamaban con pequeños, más vigorosos golpes – un nuevo ser tomaba forma, ganaba fuerza.

Cuando la manta de bombasí aterrizó la bebé ya estaba en la incubadora. Llegó antes de lo previsto, sin aguardar la primavera, pesando poco más de un kilo. Compartió pijamas arrugados e invariablemente mayores de lo que su minúsculo tamaño por más de un mes, antes que pudiese finalmente estrenar su guarda ropa.

Aquél ser significaba un golpe  seco en su ego, el anticlímax de una gravidez tan idealizada. Desafiando las previsiones más confiables, las contracciones se hicieron sentir antes de tiempo, el útero no soportó más el fardo de una nueva vida, la placenta se rompió, comenzaba un camino sin retorno. Había un antes y un después, el sueño de dentro y la realidad de fuera.

Una pared implica separación, una nueva división surgía con el fluir de las aguas. Al inicio las dos eran una, ahora se sumaba una a una y se volvían dos. ¿Quién sería esa persona?

Inauguró su maternidad cuando desvió su rostro del pequeño milagro que apenas nacía. Le tomó, todavía, veinticuatro horas antes que le convencieran a subir en una silla de ruedas para descender a la unidad de terapia intensiva y conocer su niña.  Sola, de vuelta al cuarto, observaba las nuevas familias que surgían, el movimiento de recién nacidos que instintivamente aterrizaban en las tetas orgullosas de sus madres. Reconocía la altivez de las mujeres guerreras que parían partos normales y circulaban con sus crías en cunas sobre ruedas después de alimentarlas. Su hija no poseía entonces capacidad para mamar, adquirida apenas en las últimas semanas de gravidez.

Obtuvo el alta siete días después de dar a luz por generosidad médica, según la abuela del bebé, una renombrada doctora. Dejar el hospital con el abdomen suturado y las manos vacías le remitía a lo más profundo de la tierra. Nada hacía realmente sentido, ni la cuna decorada donde el pequeño conjunto violeta de lana reposaba, ni las noches otrora tranquilas de aquel barrio de periferia.  Las mañanas perseveraban en invadir el cuarto sin vida, las muñecas sin dueño, la manta olvidada, la radio muda.  Era preciso vencer el umbral de la puerta, airear el ambiente y partir en dirección a la incubadora, del otro lado de la ciudad.

Como cada día, llegó al hospital por la mañana, colgó el sobretodo, se refregó las manos con el líquido desinfectante y vistió el guardapolvo.  Apenas entonces avanzó por el corredor de recién nacidos y reconoció su pequeña cría en la incubadora. Rezó su oración de fe y esperanza. No la retiraría todavía, siguió en dirección al extremo de la sala y con un biombo improvisó tres paredes que le ofrecían exclusividad a la ventana estrecha y comprimida que descubría el paisaje externo. El invierno seguía riguroso fuera de la enorme máquina de curar, lejos de la temperatura regulada de la sala de incubar. En ese nuevo ambiente creado coexistían el aparato eléctrico de succión de leche materna, los vestigios de la última nieve en el bosque y el deseo de producir leche suficiente.  Entregó, humillada, su tesoro ordeñado y se retiró del departamento a la espera que la visita médica diaria terminara.

Volvió arrastrando la conciencia del quilo y medio de su cria y el pesar por no producir el mínimo para alimentarla. Finalmente se instaló en frente de la caja de acrílico y se distrajo en la mecedora, descifrando la ficha de control con anotaciones sobre el peso, la temperatura, la saturación de oxígeno, la presión arterial y los latidos cardíacos de su hija.   Los mismos hilos que unían la niña a los monitores que controlaban sus signos vitales la separaban de su madre – como un muro invisible, no obstante real.

En ese día en que todo parecía tan vulgar algo nuevo aconteció.  La enfermera anunció que la iniciaría en la ceremonia de amamantar. Este fue el primer gran momento de su maternidad y no tuvo aviso previo. La excitación conquistó el área de cuatro baldosas cuadradas del departamento de Neonatología y el mundo externo dejó de existir en cuanto madre, hija y enfermera se perdían dentro del biombo de tela percal.

Desde el nacimiento, hacía tres semanas, nunca había imaginado un momento así. Casi como en un primer encuentro de intimidad sexual, la madre se olía y auto-evaluaba en cuanto se quitaba la camisa, pensando en cómo recibiría a su amada. Sentada, tomó la hija de manos de la enfermera, al mismo tiempo en que aprendía respecto del ángulo ideal entre la mirada materna y los ojos del bebé. La enfermera hizo la boca llegar al pico y lo extraordinario ocurrió: la boca chupó, como si nunca hubiese dejado de saber; la madre gritó y la enfermera lloró. En el interior de este biombo, la Medicina y la Maternidad caminaron juntas, del mismo lado.

La pared blanca se erguía nuevamente… A los pocos momentos le venían más recuerdos, historias de una vida desperdiciada en batallas perdidas. Ella se preguntaba sobre el contenido de la bolsa.  Los pensamientos fluían, pero rápidamente escapaban, a medida que se despedía de la facultad de reconocer lo que debería recordar. Partía para un nuevo viaje.

No tuvo tiempo para despedirse. Se transformó en su hija, sus nietos, la tierra y los árboles que después vieron.

Fue mujer valiente, justa y vanidosa, que dejaba el cuarto ya maquillada, pronta para actuar. Terminó sus días olvidada por todo lo que más apreciaba. Dejó huérfanos la porcelana biscuit, la vajilla y la cubertería de plata, las figuras de faience, las toallas de la Isla  Madeira, lo que quedaba del juego Saint Louis, los vasos de opalina, las alfombras de Tabriz y el Kilim. También el libro sobre Miró, la colección de grabados antiguos, de netzukes, las pinturas al óleo, la pareja de árboles de la felicidad y los tres vasos de orquídea. Además de una hija, una futura nuera, una nieta y tres netos por nacer.

Salió de casa protegida por una sábana de colorido pálido y fue acomodada descalza en una caja estrecha de paredes de madera.

Click aquí para leer la serie de cuentos, escritos por la Antropóloga brasileña Lucía Blanc de Barnea




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