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La sigla (Administración Nacional
del Centro de Asistencia del Sindicato Médico del Uruguay) corresponde a lo que
muchos ven como el futuro ideal del Casmu. Si los gobiernos de tantos países
salvan a empresas financieras y de seguros, ¿por qué el gobierno uruguayo no
habría de salvar al Casmu? Y si va a salvarlo, ¿por qué no estatizarlo lisa y
llanamente?
La primera pregunta debería ser
¿por qué es necesario o conveniente salvar al Casmu? ¿Pasa algo si se lo deja
caer? La razón que los gobiernos de los países desarrollados han dado para
salvar a sus bancos, es que su caída produciría una crisis sistémica que
afectaría a muchísimas personas, más allá de los bancos mismos. Pero ese no
parece ser el caso del Casmu. El régimen general en materia de entidades de la
salud es que cuando una entidad no puede seguir prestando servicios por sus
propios medios, el Ministerio la interviene, transfiere sus afiliados a otra u
otras instituciones, y pone en venta sus activos para pagar las deudas
pendientes. Eso ocasiona un cierto trastorno mientras las cosas se acomodan y
se hace la transferencia de afiliados, pero pasada la transición las cosas
quedan mejor que antes. Los que reciben a los afiliados son mejores que la
entidad anterior, puesto que no se fundieron. Y si además se les permite a los
afiliados elegir adonde van, las mejores entidades crecerán más que las peores,
premiándose su eficiencia, y los afiliados habrán visto respetada su libertad
de elección por primera vez en mucho tiempo.
Los afiliados están en crisis mientras la institución no se funde del
todo. Pero una vez que la situación se define sus problemas mejoran, no
empeoran. Ellos no pueden ser, entonces, el fundamento para un salvataje.
Tampoco nos parece que haya un
interés institucional en defender el modelo específico del Casmu. ¿Por qué el
Casmu va a ser mejor que la Española, el SMI o cualquier otra entidad que no se
funde? La izquierda se siente identificada con el Casmu porque es la más
“participativa” de las mutualistas. Es creada por un sindicato, y administrada
como tal. Allí nadie es dueño y todos son empleados, nadie es totalmente
responsable, nadie gana ni pierde demasiado, nadie obedece y nadie manda. Es una manifestación del “socialismo de
autogestión” que tuvo su cuarto de hora y luego fracasó en todo el mundo tal
como lo hace entre nosotros. A la izquierda le gusta, porque es el modelo que
quiere para el país. Y porque al apoyar al Casmu apoya a los sindicatos que son
sus aliados políticos. Esto, sin embargo, será un proyecto de la izquierda
sindical, pero difícilmente pueda considerarse un proyecto nacional.
Uno se preguntará, entonces, ¿de
qué estamos discutiendo? Si el país puede vivir igual con o sin el Casmu, y los
afiliados estarían tanto mejor en otro lado que es necesario prohibirles que
escapen, y no hay ninguna razón nacional para defender el modelo, ¿por qué
tanto lío? ¿Quién se beneficia de la situación actual? Y la respuesta, como
nuestros lectores seguramente sospechan, es una sola: los sindicatos del Casmu.
Cuando una empresa se funde sus
empleados quedan sin trabajo. Tendrán derecho a cobrar despido como cualquier trabajador privado, y la ley les
concede amplias preferencias para cobrar contra los activos que se vendan antes
que otros acreedores. Tendrán, además, derecho al seguro de paro, igual que
cualquier otro trabajador privado. Los
mejores serán contratados por las entidades que hayan absorbido a los
afiliados, que necesitarán más personal médico y no médico para atenderlos.
Otros, tal vez, tendrán que reconvertirse aceptando menores salarios, o
trabajos menos cómodos. Pero ¿no es eso lo que le pasa a cualquier empleado
privado de un comercio, de un frigorífico, de una farmacia o de cualquier otro
negocio que se funde? Y para ellos no se organiza ningún fideicomiso.
A las cosas, entonces, hay que
llamarlas por su nombre. El único y exclusivo interés que se protege cuando se
encaran sucesivos salvatajes de empresas fundidas, es el interés de los malos
empleados. No es el interés nacional, ni el de los clientes o usuarios, ni el
de los consumidores. Ni siquiera es el de los buenos empleados. Es
exclusivamente el interés de los profesionales del poder, que se enquistan en
las organizaciones en las que nadie manda realmente, y de los que saben que no
tendrían futuro en organizaciones eficientes, basadas en la responsabilidad y
en la necesidad de producir resultados.
Todo esto, al final de cuentas,
apunta a uno de los mayores problemas de Uruguay, que es el de los conflictos
de intereses. Todos invocan el interés público, el interés de los usuarios, el
interés de los demás, pero luchan por el interés propio. Y se cuidan bien de no
decirlo.
Así no puede existir un análisis razonable. Para analizar es
imprescindible que los que discuten lo hagan desde una posición de objetividad
o, si tienen intereses propios en el tema, que lo declaren de antemano. Y una
vez que se descartan los conflictos de intereses, no puede más que concluirse
que un salvataje del Casmu con fondos públicos solo beneficiaría a un núcleo
reducido de sus empleados.
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