Un sistema nervioso dañado, incapaz de ordenar a sus extremidades que den un solo paso ¿puede aprender a caminar de nuevo? Médicos de la Universidad de Florida creen que es posible recuperar capacidades perdidas en algunas lesiones medulares con la ayuda de la rehabilitación, y para demostrarlo han hecho público el caso de uno de sus pacientes: un niño que cuando sólo tenía 3 años recibió un disparo accidental mientras jugaba con un arma de fuego.

La bala entró por el tórax y se alojó entre sus
vértebras cervicales. Sobrevivió al accidente, pero era incapaz de
mover sus piernas. Aunque la médula no se había lesionado por completo,
no podía caminar ni mantenerse en pie; tan sólo arrastrarse. Un intenso
programa de entrenamiento, que consiste en reproducir la marcha
fisiológica, logró que el pequeño volviera a caminar con la ayuda de un
andador.
Sus médicos han decidido a hacer público este caso en la
revista médica «Physical Therapy», tres años años después de que
recuperara la capacidad de andar, Hoy tiene siete años y sigue
caminando apoyado en su andador. «Este caso es la demostración de que
las lesiones medulares severas pueden recuperarse con entrenamiento.
Por desgracia no todos los niños pueden beneficiarse de esta de terapia
o lograr los mismos resultados», explicó ayer a ABC Andrea Behrman,
profesora del departamento de Fisioterapia de la Universidad de Florida.
El pequeño comenzó una rehabilitación convencional tres
semanas después del accidente. Mejoró, aunque seguía sin ponerse en pie
ni caminar. Al centro médico de la Universidad de Florida llegó 16
meses después del accidente, cuando tenía cuatro años y medio. Su nuevo
programa de entrenamiento consistía en trabajar una hora y media diaria
de lunes a viernes en el gimnasio, aunque las sesiones se prolongaban
en su casa.
En el tiempo de gimnasio, tres fisioterapeutas
intentaban que el pequeño reprodujera su marcha natural. Una y otra
vez, movían sus piernas como si caminara sobre una cinta contínua. Le
sujetaban ellos mismos o se ayudaban de un arnés con un sistema de
atalajes similar a un paracaídas para mantener parcialmente el peso de
su cuerpo.
Los mismos ejercicios continuaban en su casa el resto
del día con la ayuda de sus padres. De hecho, el trabajo fuera del
gimnasio ocupó gran parte del programa. A falta de aparatajes que le
ayudaran, los ejercicios se incorporaban a su vida diaria, mientras
jugaba o cepillaba sus dientes. No fue una vida fácil para la familia.
«A cada paso, sus piernas se cruzaban y se caía. Allí estaba yo para
cogerle el pie y colocarlo donde debía estar», escribe su madre en un
artículo en la misma revista médica donde los médicos publican el caso
de su hijo.
La perseverancia de sus padres
Un mes después del entrenamiento locomotor, daba los
primeros pasos voluntarios.Tras 76 sesiones con sus fisioterapeutas y
más de de dos meses de tratamiento, el pequeño logró volver a caminar
con un andador con ruedas, como el que ayuda a muchas personas mayores
a no perder su equilibrio. Hoy sigue con él, pero no necesita una silla
de ruedas. «Sin la perseverancia de los padres, no hubiéramos logrado
la capacidad funcional que hemos conseguido», señaló la neuróloga Dena
R. Howland una de las investigadoras del estudio.
El caso de este niño forma parte de un ensayo clínico
que intenta averiguar a quién puede beneficiar este tipo de
rehabilitación. «Necesitamos respuestas», afirma Behrman. «¿Puede el
entrenamiento cambiar el pronóstico de niños que no deberían caminar
por su lesión? ¿qué sustratos neuronales propician ese cambio?
Conociendo las respuestas, sabremos a quién dirigirnos. Este niño no
hubiera sido el mejor candidato. Necesita un andador, pero es capaz de
activar el circuito neuronal que soporta un patrón de marcha básico».