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Los medicamentos para el tratamiento de la infección por el VIH presentan efectos colaterales importantes, sobre todo en los niños
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Los niños de países desarrollados infectados por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) o ya afectados por el sida son privilegiados, si se comparan a los pequeños de los países más pobres, puesto que pueden recibir la medicación que necesitan. Sin embargo, todo tiene un precio. Como todos los fármacos, los antirretrovirales que se utilizan para tratar el VIH y el sida pueden pasar factura. Algunos de los daños colaterales, como las mitocondriopatías, ya se conocen; los efectos a largo plazo son, todavía, una incógnita.
La epidemia del virus de inmunodeficiencia humana (VIH) y sida se
inició en 1981. Entre los primeros casos de infectados se registraron
adultos que fallecieron o que han desarrollado el sida a lo largo de
los años, y madres que se infectaron y que alumbraron niños
seropositivos. Este tipo de transmisión de madre a hijo -conocida como
transmisión vertical- se ha reducido notablemente en el último decenio.
Las medidas preventivas que lo han hecho posible han sido varias: la
cesárea electiva, la lactancia artificial exclusiva y el uso de
antirretrovirales durante la gestación, el parto y el periodo neonatal.
En definitiva, el cribaje universal -o búsqueda de la infección por
VIH en todas las mujeres embarazadas- y la aplicación de ese paquete de
medidas de prevención han permitido reducir la transmisión vertical a
un 1% en nuestro medio, según explica Constanza Morén, bióloga del
Instituto de Investigaciones Biomédicas August Pi i Sunyer (IDIBAPS),
de Barcelona. Este drástico descenso de madres a hijos se ha traducido
en una disminución de los casos de VIH en niños (siempre referido a
países desarrollados). No obstante, en nuestro medio los niños y
adolescentes se siguen infectando. Y a pesar de que algunos de sus
efectos secundarios son conocidos, no se sabe aún con certeza cuáles
son sus consecuencias a largo plazo.
Fármacos para niños
Uno de los problemas que tienen los niños seropositivos es que el
arsenal terapéutico de antirretrovirales para tratarlos es menor que el
de los adultos. Algunos ejemplos de esta realidad limitante es que el
Tenofovir no está autorizado en menores de 18 meses; en el caso de
Efavirenz se desconocen cuáles son las dosis adecuadas en menores de
tres años; y Atazanavir no está aprobado en niños y todavía se halla en
fase de investigación para este grupo de edad. La zidovudina (ZDV) oral
fue el primer fármaco que se autorizó para el tratamiento del VIH/sida
pediátrico; se administra durante las primeras semanas de vida de los
neonatos como medida preventiva en aquellos casos en los que se ha
realizado un control adecuado durante la gestación.
La mayoría de infecciones por VIH se producen por transmisión vertical y raramente por contacto de un niño a otro
Más tarde, los niños seropositivos deben seguir un tratamiento que
puede constar de tres, incluso de cuatro, fármacos diferentes a diario,
con un mínimo de seis tomas diarias. En el caso de los más pequeños,
estas tomas se administran por medio de un jarabe. No obstante, hay que
destacar que el tratamiento en la infancia varía mucho entre niños,
puesto que se debe personalizar al máximo en función del peso, carga
viral, edad, historial clínico de la madre, tolerancia, capacidad de
metabolizar el medicamento o absorción gastrointestinal de éste, entre
otros.
Entre todos los fármacos con que se trata a los pequeños, los
pertenecientes a la familia de análogos de nucleósidos (la zidovudina
es uno de ellos) pueden provocar enfermedades mitocondriales o
mitocondriopatías, que afectan a las mitocondrias, orgánulos que se
encuentran en todas las células del organismo y que desempeñan
numerosas funciones.
Mitocondriopatías
Las mitocondriopatías pueden ser primarias -de origen genético-, o
secundarias, que son las inducidas por factores externos como la
medicación utilizada para tratar el VIH/sida. Afectan tanto a adultos
como a niños. El daño mitocondrial debido a los fármacos
antirretrovirales ocurre porque estos inhiben la transcriptasa inversa,
enzima del virus del sida para convertir su ARN en ADN y luego, una vez
que ha fabricado su propio ADN, unirse al ADN propio de las células
humanas. Esta inhibición de la transcriptasa inversa tiene un efecto
positivo, ya que se reduce la infectividad del VIH.
Pero también tiene un efecto negativo, puesto que al interferir
este paso, se inhibe una enzima humana llamado ADN polimerasa gamma
(que se encarga de fabricar el ADN mitocondrial). Su inhabilitación
disminuye el contenido de ADN mitocondrial lo que provoca la alteración
de varias actividades de las mitocondrias. Los antirretrovirales que
inducen esta inhibición del ADN polimerasa gamma son los análogos de
nucleósidos, según informa Morén. Las consecuencias clínicas del daño
mitocondrial son muy difíciles de diagnosticar y de tratar. Se pueden
manifestar a través de una alteración en el cerebelo, que causa
descoordinación motora.
En general las mitocondriopatías se revelan como neuropatías y
afectaciones musculares. A nivel más celular, estas enfermedades se
caracterizan por una alteración de las funciones de las mitocondrias,
que metabolizan los glúcidos y grasas y generan energía. Cuando el
sistema de metabolización se altera, se produce un desequilibrio que
provoca un aumento de cuerpos cetónicos (acumulación de grasa
intracelular), alanina (hiperalaninemia) y ácido láctico
(hiperlactatemia). Es más, «la acumulación del lactato, que puede
producirse fuera de las mitocondrias, derivar en una acidosis láctica
grave que, incluso, puede conducir a la muerte de una persona», detalla
la especialista. A pesar de estas afirmaciones, la bióloga también
puntualiza que no hay que caer en el alarmismo, puesto que no todos los
niños tienen por qué desarrollar mitocondriopatías. Depende de varios
factores: su base genética y otros factores externos, como la cantidad
de antirretrovirales que toma y si la madre también se medicaba con
ellos durante la gestación, entre otros.
Las mitocondriopatías de origen genético no tienen curación,
mientras que las causadas por factores externos se pueden mejorar:
cambiando el fármaco; administrando antioxidantes, ya que el incorrecto
funcionamiento de las mitocondrias genera radicales libres de oxígeno y
la aplicación de antioxidantes puede mejorar este proceso; e, incluso,
algunos estudios apuntan que interrumpir el tratamiento con
antirretrovirales, es decir, dar "un respiro al organismo", también
mejoraría el ADN mitocondrial en niños. No obstante, Morén matiza que
hay una notable controversia bibliográfica respecto a la interrupción
temporal de los tratamientos, ya que distintos grupos de investigación
han obtenido resultados diferentes.
OTROS EFECTOS INDESEABLES
Las enfermedades mitocondriales no son los únicos efectos
indeseables de los antirretrovirales que pueden sufrir los niños
portadores del virus de la inmunodeficiencia humana. La comorbilidad
(enfermedades asociadas a la infección por VIH y al sida) y los efectos
adversos de los antirretrovirales son los mismos que en los adultos,
pero «con un mayor peligro y riesgo, debido a que deberán exponerse
durante más tiempo de su vida a este tratamiento, a no ser que se
descubran nuevas alternativas», declara Constanza Morén del IDIBAPS.
Cuando se describió el sida por primera vez, se concluyó que los
afectados iban a ser más susceptibles a padecer infecciones orales, por
lo que estas manifestaciones forman parte de los indicadores iniciales
más importantes de la infección por VIH y su progresión a sida en niños
seropositivos, según estudios publicados en varias revistas de
odontología. En cuanto a otros efectos indeseables del tratamiento
figuran la lipodistrofia -una distribución anómala de la grasa
corporal- y enfermedades como las polineuropatías, miopatías y
alteraciones a nivel celular - hiperlactatemia-, así como cardiopatías,
que exigen un mayor control de estos pacientes.
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