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Fernando Mañé Garzón nació hace 82 años en Montevideo. Desde entonces,
salvo la época de su formación europea y algún breve viaje, jamás ha
abandonado esta ciudad, desde su niñez transcurrida en el Pocitos de
las viejas casonas, hasta su inicio como Médico de Urgencia de la
Asistencia Pública, tarea que lo llevó a recorrer todos los barrios, de
los que recogió la atmósfera y los personajes.
Más tarde quedó prendado por una quinta, en la que crió una ejemplar
familia, cita en el barrio "Jacinto Vera". La proximidad del Prado ha
captado su espíritu observador, por lo que, si el tiempo lo permite,
desplaza sus papeles y trabaja en un banco del Jardín Botánico. Su
actual centro de actividades es un recinto en el subsuelo de la
Facultad de Medicina, que Mañé ha preferido al Sitial que dignamente
ocupaba hasta hace poco en la Academia Nacional de Medicina. Desde allí
ha dictado durante 23 años el curso de Historia de la Medicina.
Conversador ágil y fascinante, al mismo tiempo que siembra sin retaceos
enseñanzas, recoge datos, que de inmediato vincula con otros, con lo
que llega a dar valor de historia a la anécdota.
Esta misma curiosidad lo llevó a frecuentar a Clemente Estable. Fue
así que se hizo biólogo y naturalista. Esta pasión la continuó en
París, asistiendo al "Institut des Êtres Organisés", mientras se
especializaba en pediatría junto al famoso Debré. Más tarde, continuó
su carrera de naturalista en la Facultad de Humanidades y Ciencias,
donde ejerció por años la Dirección de la Cátedra de su asignatura.
Hizo trabajos de campo, de laboratorio, descubrió nuevas especies,
algunas de las cuales llevan su nombre. La Filosofía no le es ajena y
es uno de los fundadores de la Asociación Uruguaya de Estudios
Filosóficos.
Amigo íntimo de Augusto Torres, de Matto Vilaró y de Damiani, tiene
afición por las artes plásticas, que en la familia estuvieron tan bien
representadas por su tío, el eximio escultor Pablo Mañé.
En pediatría, que ha sido su ocupación más demandante, ha hecho una
carrera brillante, no sólo en lo que se refiere a títulos y trabajos,
sino en el número de discípulos que tiene. En un reciente artículo
periodístico, uno de ellos dice que "la Pediatría ya no será la misma
cuando el Maestro no esté"; pensamos que en realidad ya no es ni será
la misma, desde el momento que ha actuado, y sigue aún, induciendo
modos de ver el fenómeno "enfermo" o "enfermedad", de pensarlo según
criterios evolucionistas, de llegar al diagnóstico, al tratamiento y al
pronóstico.
Mañé es el "príncipe de los pediatras", como lo definió Don Vicente
Cicalese, porque ha inaugurado, sin abandonar la tradición que
recibiera, un enfoque abarcativo, que incluye a la familia. Llama a
admiración la forma de dialogar con sus pequeños pacientes y sus
padres, de estar presente siempre que lo necesitan, de continuar siendo
el médico aún cuando sus pacientes peinen canas. Mañé afirma con
agudeza que su especialidad no es "la medicina de adultos aplicada a
los pequeños", sino un modo diferente de ver y comprender a un ser
humano en etapas precoces de su desarrollo.
Es montevideano por nacimiento, por conocimiento, por amor, este
personaje, a quien saludan con afecto en los más diversos ambientes de
la ciudad, en la que se ha "encerrado voluntariamente". Mañé, a quien
le correspondería el título de "ciudadano ilustre" de Montevideo nos
recuerda a los personajes renacentistas. |