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El genoma sintético de una bacteria abre la vía a la creación de organismos a la carta.Crear vida artificial en el laboratorio a partir de elementos inertes siempre ha hecho volar la imaginación de la humanidad. La ficción se ha recreado en ello, pero si algún día se logra nada tendrá que ver ni con Frankenstein ni con otras criaturas de ciencia-ficción. Quienes más posibilidades tienen para convertir en un futuro la ficción en realidad son las bacterias, y de momento tan sólo las más minúsculas. Algunos científicos se frotan las manos ante las posibilidades comerciales que plantea la posibilidad de crear organismos a la carta que puedan digerir dióxido de carbono, residuos, crear biocombustibles o sustancias para tratar enfermedades.
Craig Venter, uno de los padres del genoma, y científico experto en dar
el campanazo en los medios, está a un paso. Según publica hoy la
revista Science, el equipo de investigadores del Instituto Craig Venter
en Rockville, Estados Unidos, ha logrado crear a partir de elementos
químicos el mayor genoma artificial completo de un ser vivo, el de una
bacteria, el Mycoplasma genitalium, con 582.000 pares de bases, 485
genes en un solo cromosoma, la bacteria con vida independiente con el
genoma más simple.
Para ello, han diseñado un
complejo sistema de ingeniería genética con el que han logrado
sintetizar pequeños segmentos artificiales de ADN, y luego ensamblarlos
y clonarlos utilizando dos contenedores biológicos, la bacteria
Escherichia coli y la levadura. Así han conseguido una réplica
artificial, a imagen y semejanza del genoma de la bacteria original,
aunque los propios investigadores reconocen que todavía queda pendiente
el acto final: "El próximo paso va a ser crear las células vivas de una
bacteria viva basada en este cromosoma sintético".
Para lograr la síntesis del cromosoma, primero
copiaron pequeñas partes del original completo, en total 101 fragmentos
de ADN sintético, de entre 5.000 y 7.000 pares de bases cada uno. Los
bloques sintéticos de ADN son muy frágiles, por lo que para ensamblar
este centenar de piezas y lograr el genoma artificial completo ha sido
necesario realizar varios pasos, un auténtico trabajo de bricolaje
genético. En primer lugar, los investigadores introdujeron en la
bacteria E. coli este primer centenar de piezas. La actividad biológica
de esta bacteria les permitió reunirlas en 25 piezas, luego en 8 y en 4.
Llegado este punto, los cuatro cuartos
resultantes tuvieron que acabar de ensamblarse en otro contenedor
biológico, en levadura, ya que la bacteria E. coli no tiene capacidad
para aceptar como huésped cromosomas tan grandes además del suyo propio.
Tras ensamblar los cuatro cuartos, los
investigadores lograron el genoma artificial completo del M.
genitalium, que fue secuenciado de nuevo para comprobar que su
estructura química era idéntica al original.
Hasta el momento, el mayor genoma artificial que
se había logrado sintetizar es el de un virus que también salió de los
laboratorios de Craig Venter en el año 2003, el Phi X174, con 5.386
pares de bases, 100 veces menos que el que ahora han conseguido. Otras
investigaciones habían logrado ensamblar fragmentos artificiales de ADN
de 32.000 pares de bases.
Los científicos españoles reconocen el valor
técnico de la investigación. Luis Enjuanes, investigador del Centro
Nacional de Biotecnología del CSIC, valora el hallazgo como "un logro
técnico importante, aunque no han demostrado que la molécula
sintetizada tenga actividad biológica, es decir, que el trabajo está
bien, pero se han quedado en la primera parte". El genoma sintético
todavía debe probar que puede tomar las riendas de toda la maquinaria
celular de una bacteria, que viva y se reproduzca.
El pasado mes de octubre, Craig Venter anunciaba
a bombo y platillo en el periódico británico The Guardian que en su
laboratorio estaban creando vida artificial, dejando en el aire muchas
incógnitas y avanzándose a la publicación de los resultados que ahora
aparecen en Science. Una vez más demostraba que para él la publicidad
va por delante de los resultados. Ahora se muestra más contenido.
"Consideramos este nuevo avance como un segundo paso en un proceso de
tres pasos hasta conseguir crear la primera forma de vida artificial",
afirmó ayer Craig Venter en la rueda de prensa presentación de la
investigación, que pudo seguirse por conferencia telefónica.
"Continuamos trabajando en el objetivo final, que es insertar este
cromosoma sintético en una célula y conseguir que funcione, para así
obtener el primer organismo sintético, afirma Dan Gibson, investigador
principal.
Federico Morán, catedrático de Bioquímica y
Biología Molecular de la Universidad Complutense de Madrid, afirma que
para que Venter pase a la historia como el creador de vida artificial,
todavía debe "conseguir algo más, ya que el genoma artificial tan sólo
es el libro de instrucciones. Para hablar de vida artificial también
será necesario crear los orgánulos que forman la célula, su información
epigenética y otros elementos".
Para Luis Serrano, vicerrector del Centro de
Regulación Genómica de Barcelona (CRG), lo más interesante es el modelo
de ensamblaje "que luego podrá servir para hacer ingeniería de forma
mucho más fácil". Andrés Moya, director del Instituto Cavanillas de la
Universidad de Valencia, opina que "esta novedad metodológica va a
permitir hacer síntesis de otros genomas".
Son muchos los equipos de investigación en todo
el mundo que compiten en la carrera por lograr vida artificial, ya que
la síntesis de biomoléculas presenta grandes posibilidades comerciales.
Permitiría crear sistemas biológicos con funciones nuevas que no se
encuentran en la naturaleza, como pequeñas fábricas productoras de
sustancias beneficiosas para la salud, bacterias programadas para
degradar gases contaminantes, para devorar petróleo, que puedan
transformar la luz solar en hidrógeno, o los residuos en energía.
Craig Venter tiene ya un acuerdo de inversión con
la empresa petrolera British Petroleum, a través de otra nueva empresa,
Synthetic Genomics Incorporated, para el desarrollo de moléculas
artificiales que puedan utilizarse en la generación de biocombustibles
o que puedan digerir dióxido de carbono. Algunas organizaciones han
reabierto el debate sobre las patentes. Según la ONG internacional
Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración (ETC), "los
sectores críticos de la sociedad civil tienen la preocupación de que
con las patentes de amplio espectro, Venter logre una posición
monopolística como el Microbiosoft de la biología sintética".
El uso de organismos sintéticos en medicina
también plantea conflictos éticos. "La parte de rediseño de células de
mamífero tardará más, y además, es la que plantea más problemas éticos
¿Estamos dispuestos a modificar cromosomas y crear niños resistentes al
cáncer?", afirma Serrano. Otro temor es el efecto que podría causar en
el medio ambiente la presencia de estos organismos. Como medida de
seguridad, en el genoma sintético se ha desactivado uno de los genes de
la bacteria, el MG408, relacionado con su capacidad infecciosa. ETC
también afirma que el Mycoplasma laboratorium, al que han bautizado
como Syntia, "puede ser el chasis en el que construir cualquier cosa,
puede ser una contribución para el desarrollo de nuevos fármacos, pero
también para crear armas biológicas".
La biología sintética emplea diferentes
estrategias para crear nuevas estructuras. Una de ellas, la abordada
por Venter, consiste en utilizar como modelo formas de vida mínimas. El
equipo de Venter se ha empleado a fondo en conocer al M. genitalium,
cuyo genoma, con 485 genes, fue secuenciado hace más de 12 años por
otra de sus muchas empresas, TIGR. ¿Por qué ese interés por crear
maquinarias artificiales tan mínimas? Por un lado, trabajar con genomas
reducidos resulta más fácil, tal y como queda demostrado con los
resultados del estudio que acaban de publicar. Por otro, porque si el
objetivo final es crear organismos sintéticos que sirvan como pequeñas
fábricas productoras de sustancias, con esta reducción se consigue un
mayor rendimiento de la bacteria, que necesite menos energía para
funcionar y, además, se le puedan introducir otros genes de interés.
El equipo de Venter lleva tiempo desarrollando
estudios para averiguar qué genes son los mínimos que se necesitan para
que haya vida. Para ello, han extraído genes al genoma del M.
genitalium, y han podido evaluar que se podría fabricar un cromosoma
con un número sustancialmente menor de genes, aunque todavía serán
necesarios más ensayos para determinar las combinaciones de genomas
sintéticos reducidos que mejor funcionan. A estas creaciones las han
bautizado genéricamente como Micoplasma laboratorium. De hecho, Craig
Venter ya ha presentado a la oficina de patentes americana un listado
con los genes que consideran necesarios para la vida mínima.
También existen dudas sobre si esta aproximación
teórica acabará traduciéndose en alguna forma de vida y sobre su
utilidad real. "Eso prueba error, el equipo de Venter ha ido quitando
genes, uno a uno, para ver hasta dónde podían llegar, pero no para
crear funciones concretas", explica Serrano que en el CRG está
trabajando para averiguar los mínimos genes para la supervivencia de
otra bacteria más compleja, la pneumoniae, que tiene 680 genes. "La
diferencia está en que nosotros estamos trabajando para interferir en
genes con funciones concretas, como puede ser producir sustancias que
necesite el organismo". Como ejemplo, Serrano menciona la producción de
insulina, aunque se muestra reservado a la hora de concretar qué
sustancias podría producir la bacteria artificial que su equipo está
intentando elaborar, ya que su objetivo es patentarla y crear una
spin-off que trabaja con la industria farmacéutica.
El equipo de Moya, en el Instituto Cavanilles,
también trabaja en modelos teóricos sobre la vida mínima artificial.
Han establecido el mínimo de genes necesarios para construir vida
artificial en 206, mientras que Venter establece 385. La diferencia
está en que las bacterias con las que investigan ambos equipos son
diferentes. El M. genitalium es una bacteria independiente, y, por
tanto, necesita más genes. Moya ha trabajado con la Buchnera
aphidicola, "una bacteria residente, que vive dentro de las células del
pulgón y que, dependiendo del tipo, tiene entre 450 y 550 genes. Al
vivir en simbiosis celular, le podemos quitar más genes porque no los
necesita", explica. Se trata de microorganismos que llevan millones de
años de evolución en el interior de los insectos, donde se han
acomodado. Al comparar los genomas que han secuenciado con otros de
bacterias de vida libre formulan la hipótesis de un cromosoma sintético
basado en 206 genes. Moya reconoce que Venter abre "posibilidades
enormes, porque nos presenta un protocolo de síntesis experimental". La
investigación de este grupo es teórica, aunque como muchos, participan
en la carrera para conseguir crear en su laboratorio vida artificial.
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