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"Médicos argentinos desarrollan exitoso tratamiento con células madre
autólogas para el tratamiento de diabetes tipo 2 y diversas patologías,
entre las que se hallan la esclerosis múltiple, el Alzheimer, el
Parkinson, el accidente cerebrovascular, las lesiones medulares (...)
La capacidad comprobada de fijación, duplicación y diferenciación de
las células madre permite que los resultados sean casi inmediatos y que
se perciba una clara mejoría a los cinco días de la intervención."
Basta con tipear los términos stem cells
en Internet para que la pantalla nos devuelva esta promesa de ribetes
decididamente mágicos. Pero no es la única: el vacío legal que existía
hasta ahora en torno de las células madre, una de las áreas de
investigación más "calientes" del momento por las posibilidades que
dejaron entrever estas entidades camaleónicas potencialmente capaces de
transformarse en cualquier tejido, abrió la puerta a todo tipo de
propuestas. Incluso a las estafas...
Afortunadamente, dos iniciativas empezarán a poner orden en
este escenario en el que impera el desconocimiento. La Agencia de
Promoción Científica y Tecnológica invitó a algunos de los
especialistas más destacados del país en este tema a integrar la
Comisión Asesora en Terapias Celulares y Medicina Regenerativa. Por su
parte, el Ministerio de Salud dispuso una modificación a la
reglamentación de la ley de trasplantes que autoriza al Incucai a
actuar como organismo fiscalizador de toda investigación relacionada
con el implante de células. Además, acaba de publicar en el Boletín
Oficial una guía de buenas prácticas para la experimentación en seres
humanos en disciplinas nuevas como la medicina regenerativa.
"El público es muy vulnerable y está indefenso. El Estado
tiene que cuidar a la sociedad para que no la estafen", afirma la
doctora Susana Sommer, bioeticista de la Universidad de Buenos Aires.
Junto con Sommer, los doctores Pablo Argibay, investigador del
Instituto de Ciencias Básicas y Medicina Experimental del Hospital
Italiano; Fabiana Arzuaga, de la Cámara de Diputados de la Nación;
Andrés Carrasco, del Laboratorio de Embriología Molecular de la
Facultad de Medicina de la UBA; Roberto Coco, de Fecunditas; Ana del
Pozo, directora del Banco de Sangre del hospital Garrahan; Leonardo
Fainboim, investigador del Conicet y el Hospital de Clínicas; Florencia
Luna, directora del área de Bioética de Flacso; Jorge Peralta, del
Incucai; Fernando Pitossi y Osvaldo Podhajcer, de la Fundación
Instituto Leloir; Martín Seoane, de la Anmat, Gustavo Sevlever, de
Fleni, y Lino Barañao, presidente de la Agencia y nuevo ministro de
Ciencia y Tecnología están analizando cómo deberían regularse en la
Argentina las prácticas con células madre.
"El vacío legal existe en muchos países del mundo -explica
Sevlever-. Ocurre que en los fármacos están muy claros los pasos que
hay que seguir para llevar una molécula del laboratorio a la farmacia,
pero en este tipo de terapias todavía no."
Y agrega Pitossi: "Por ejemplo, hay que distinguir entre
tratamientos reconocidos, otros que son experimentales y otros que
directamente no tienen ningún asidero científico".
Ilusiones vs. realidad
Para los especialistas, el malentendido deriva, en parte,
de una confusión entre ingeniería de tejidos y medicina regenerativa.
"La ingeniería de tejidos está logrando desarrollar matrices,
cartílagos, piel -dice Argibay-. En cambio, la medicina regenerativa
como tal sigue siendo una promesa con muy poco sustento. Tanto en la
diabetes, para la que no hay prácticamente evidencias experimentales de
que se logre revertir, como en los tratamientos cardíacos, que hasta
ahora sólo ofrecen resultados controversiales."
Esto ocurre, entre otras cosas, porque las células madre se
comportan de una manera in vitro, de otra en los modelos experimentales
y de otra cuando se insertan en seres humanos.
"No es lo mismo el nivel experimental en animales, donde uno
tiene todos los factores controlados, que transferirlas al paciente
-subraya Carrasco-. Para la medicina no hay enfermedades, sino
enfermos. No son iguales todos los casos de mal de Alzheimer ni todos
los de cardiopatías, ni van a responder igual todos los de esclerosis
múltiple. Uno puede trabajar con animales, establecer protocolos, ver
qué tipo de células conviene emplear, si se mueren o si siguen activas
a lo largo del tiempo, pero en los pacientes el problema se complica."
Según el científico, se sabe todavía muy poco sobre el
comportamiento de estas entidades biológicas. "Si uno se fija en el
desarrollo embrionario, se da cuenta de que las células reaccionan en
poblaciones -detalla-. Su comportamiento depende de dónde «anidan», de
cuáles son las relaciones que establecen entre ellas y con los tejidos
circundantes... Hay todavía muchos aspectos oscuros de su biología."
Entonces, ¿qué se puede esperar?
"Esa es la gran pregunta, porque en la sociedad está
instalada la creencia de que curan, sin importar de qué célula madre se
hable ni de qué enfermedad se trate -contesta Pitossi-. Lo cierto es
que en principio tal vez puedan curar, pero por ahora no hay ningún
tratamiento aprobado en ningún lugar del mundo."
Una excepción, asegura Del Pozo, concierne a las terapias
hematopoyéticas (con células madre de médula ósea, para tratar males
como la leucemia o enfermedades hereditarias de la sangre, como la
osteopetrosis), para las que ya hay tratamientos reglamentados en el
mundo y también en nuestro país.
"Los mejores resultados se obtienen cuando se usan células
madre que corresponden al mismo tejido que se quiere tratar -dice
Argibay-. En el laboratorio uno puede transformar una célula de médula
ósea en una neurona, ¿pero funciona como tal dentro de una persona?"
Lo que queda claro es que, de aquí en más, y dado que no está
probada su validez, toda terapia con células madre podrá realizarse en
calidad de tratamiento experimental y deberá ajustarse a las normas que
regulan ese tipo de intervenciones: deberá estar controlada por el
Incucai y, sobre todo, ofrecerse sin costo. Para participar, los
pacientes también tendrán que firmar un consentimiento informado.
"Mientras una terapia sea experimental, no puede ser utilizada
ni ofrecida en la práctica corriente -dice Carrasco-. Hoy vuelve a
suceder lo que ocurría con la crotoxina: un tratamiento que no estaba
probado en pacientes. No se puede impedir que se realicen experimentos,
pero deben ser controlados seriamente."
Argibay, por su parte, destaca que hay que tener en cuenta las
dos caras de la moneda: "Tenemos que evitar la mala praxis, pero
también facilitar la investigación. Los protocolos deben ser aprobados
rápidamente, en forma expedita. Haría falta una política de estímulo a
la investigación clínica para que algún día finalmente tengamos la
evidencia que hoy nos falta".
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