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¿Cuántas veces mira a un lado y a otro de la
calle antes de abrir la reja que separa su casa del mundo? ¿Reemplazó
el anillo que solía usar, o evita ir a lugares que frecuentaba? Es muy
probable que sus hábitos hayan cambiado en los últimos tiempos, haya o
no sufrido o presenciado un hecho violento. Es que la sensación de
inseguridad no necesita de las estadísticas delictivas para afectar el
bienestar mental de la población, al provocarle ansiedad, aislamiento,
fobia social, pánico y hasta delirio de persecución.
"La inseguridad conlleva desconfianza y
defensa paranoides, es decir, la necesidad de vivir permanentemente en
un estado de alerta que impide distenderse un minuto por la sensación
de que algo atacará. Pero como eso es muy difícil de sobrellevar, la
reacción inmediata es negarlo y decir que a uno no le va a pasar, ya
que es imposible circular sin defensa en una situación general de
riesgo", dijo la doctora Lía Ricón, profesora de Salud Mental de la
Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Favaloro.
Inconscientemente, en el camino la población va dejando su felicidad,
su capacidad creativa, su interacción social y su productividad. "Hay
una especie de acostumbramiento y resignación: la realidad es así y
tengo que vivirla de esa manera -agregó Ricón-. Lo más grave es que en
el mediano y largo plazo aparecen los sentimientos de depresión y
desgano."
Según el Instituto Latinoamericano de Seguridad
Pública (Inlasep), la sensación de inseguridad en nuestro país
reapareció con fuerza en el invierno de 2006. Ese año, el sondeo local
del Centro de Estudios para la Convergencia Ciudadana halló que el 89%
sentía temor de ser víctima de un delito, contra el 77% en 2005.
Un estudio del Instituto Ciudadano de Estudios sobre la Inseguridad de
México (Icesi) demostró que por cada persona que sufre un delito, 25
creen que van a ser víctimas de la inseguridad y dejan de hacer sus
actividades habituales.
"El problema es cuál es el límite
tolerable antes de que la población o parte de ella quede inmersa en
una cultura de la violencia y comience a considerar lo patológico como
normal", sostuvo el doctor Ricardo Petrissans, presidente del Inlasep.
Según el Icesi, la sensación de inseguridad no se contrarresta
negándola, sino mediante la lucha contra el delito y el miedo que
genera.
Condición necesaria
En el último
número del Boletín de la Organización Mundial de la Salud, un artículo
confirma la importancia sanitaria de convivir con la tan denostada
sensación de inseguridad. "La seguridad es una condición previa de la
salud y la inseguridad es mala para ella -escribe el doctor Robin
Coupland, consejero del Comité Internacional de la Cruz Roja-. Nuestra
seguridad y la inseguridad de los demás son cuestiones que despiertan
mucho interés porque están relacionadas con nuestro propio bienestar
físico, mental y social."
Para que la sensación de
inseguridad aparezca, debe existir miedo de enfrentar un peligro
imposible de prever y percibirse desprotegido ante delitos más
violentos. "La ansiedad persistente genera una angustia que, no
tratada, se puede convertir en angustia pánica, lo que amenaza con
desintegrar al yo que nos permite interactuar con los otros. El
descreimiento en las instituciones, como la justicia, la educación o la
salud pública, refuerzan esa sensación de inseguridad", dijo el
psicólogo Sergio Sáliche, director de la Red Asistencial de Buenos
Aires (Redba).
En su guardia telefónica de orientación
gratuita (011 4382-2280 o 4382-4724), la Redba recibe consultas sobre
fobias o ataques de pánico originados en esa percepción de inseguridad.
"El pánico genera una invasión de sensaciones displacenteras que se
apodera del cuerpo y provoca una tormenta psicofisiológica que oculta
una situación de desamparo, ya que no hay forma de protegerse de lo
desconocido y el otro no puede ayudar", agregó.
Para quien
sufre un ataque de pánico, no existe ningún lugar que le dé seguridad.
"Sentirse desprotegido -dijo Sáliche- hace crecer la angustia a niveles
insoportables, lo que gesta el presentimiento de que algo catastrófico
va a suceder, pero que no se puede ubicar en tiempo ni en espacio."
Para reducir ese estado de alerta permanente y recuperar algo de
tranquilidad, Ricón recomienda tomar conciencia de la situación para no
seguir perdiendo energía inútilmente: "Si está dentro de una casa o un
ambiente protegido, hay que detener el estado de alerta, tratar de
relajarse e intentar disfrutar del entorno".
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