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Mucho se ha escrito y a veces recordado sobre figuras que se han
consagrado en la historia de nuestra medicina como seres humanos de perfiles
sobresalientes y a veces como verdaderos iniciadores de muchas disciplinas. Pero también
es muy probable que sería necesario recordar a los olvidados, que lo fueron por no
conocerse toda su riquísima historia. Son esos rincones que no fueron hurgados o lo que
es peor porque esos hombres tan destacables tuvieron la suprema modestia de esconderse
casi siempre como evitando el relumbrón o un elogio que naturalmente rechazaban. A esa
categoría seguramente perteneció Alberto Scaltritti, pionero de la hematología
uruguaya, investigador nato, pero sobre todo un hombre integral de bondad infinita,
siempre noble en su actividad y que supo conquistar el amor y el reconocimiento de todos
los que lo rodearon en su fecunda vida de auténtico hombre de ciencia.
Su extensa y fecunda trayectoria científica se hizo basada en su
formación francesa, aunque también dominaba el italiano y se expresaba correctamente en
alemán.
Con sus amigos Juan Carlos Dighiero y José Pedro Urioste tuvo un
laboratorio privado en Mercedes y Convención donde se hacían los exámenes más
difíciles y peritajes que inclusive eran solicitados por la Cruz Roja y que asesoraban a
tribunales por problemas médico-legales, constituyéndose en un consultante obligado en
estudio de paternidad y genética. Su seguridad profesional era infalible.
Tuvo sin embargo un origen modesto, de joven concurría al hospital
en tren de caballos; ya lo conocían e inclusive lo esperaban cuando a Scaltritti se le
había hecho un poco tarde.
Tuvo grandes amigos. Su centro de reunión era casi siempre Malvín,
donde tenía una casa cerca de la playa. Concurría los domingos de tarde al rancho de
Surraco en la Rambla frente a la playa Brava. Allí concurrían y jugaban a las bochas
primero y después al ajedrez.
Su vida fue intensa, fecunda, llena de nobleza, de talento e
infinita modestia.
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