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Catalina era un hombre corpulento, cargado de hombros, de pelo y bigote
negro, con un mechón caido sobre la frente, caminar pausado, de voz suave, de una
resistencia y fuerza física fuera de lo común. Modalidad triste, con tendencias a
caídas depresivas. Un enamoramiento pasional de su juventud no corrfespondido signaron
más su modalidad.
Dos anécdotas muestran lo destacado de su actuación como estudiante.
Cuando se le hace la despedida al Prof. José Pugnalini, por regresar definitivamente a
Italia, quien había sido el primer profesor de Clínica Quirúrgica, en su discurso final
brinda por la medicina uruguaya, la juventud estudiosa y entre ellos por el practicante
Catalina.
Los compañeros de Catalina siempre pensaron que por sus dotes
personales y por sus orígenes, (sus padres eran vascos franceses), al graduarse, iría a
París, a las clínicas de los grandes maestros franceses.
Al graduarse se va a Carmelo, pero es llamado por enfermedad de su
padre y vuelve a Tacuarembó, donde ya se queda.
Tiene una sólida base clínica, conocimientos al día por ser muy
estudioso, hizo una práctica hospitalaria muy cuidadosa al lado de las más destacadas
figuras de la medicina de entonces. Se destacaba por su dedicación a los enfermos, por
ser un trabajador sin descanso y poseer un físico privilegiado que lo hacía resistir
largas noches de insomnio. Hace una asistencia sin discriminación económica. Todo ello
le va creando una aureola de saber y dedicación, junto a su carisma humanitario.
Le vienen a consultar muchos pacientes de campaña y hasta de la
vecina Villa de Rivera.
No contrajo nunca matrimonio, vestía correctamente, ropa de
calidad, en invierno usaba botas. Andaba en un coche de cuatro ruedas y capota con un
asiento donde iba sentado junto al cochero. En ese coche realizaba las múltiples visitas
a los pacientes, intercalando también alguna visita galante.
Con cierta frecuencia viajaba a Montevideo para ver compañías
teatrales europeas y ópera y visitar a sus amigos. Por lo tanto, junto a todo lo que
dedicaba a su profesión y pacientes, cultivaba su espíritu y amistades.
Era un ateo, de filiación blanca definida, aunque contaba en su
núcleo de amigos más estrechos, entre otros dirigentes colorados: Arena, Santana y
también mantenía relaciones cordiales con Batlle y Ordóñez en su época de estudiante.
Su interés por el dinero era conocido por todos. Una anécdota lo
muestra. Un acaudalado hacendado ve salvar a su esposa de una grave y prolongada
enfermedad asistida por Catalina. Cuando le va a solicitar la cuenta, el médico lo duda.
El estanciero se quita el grueso cinto y vuelca encima del escritorio numerosas libras
esterlinas de oro diciendo "Cóbrese Doctor, usted ha hecho mucho". El médico
le responde "es demasiado". Cuenta algunas monedas agregando "esto es lo
que me debe".
Su valor como clínico es reconocido por una persona tan eminente
como el Prof. Soca, en la anécdota de alguien de Tacuarembó que lo fue a consultar. Soca
lo vio, hizo diagnóstico y agregó: "Pero si ustedes son de Tacuarembó no tenían
porqué verme a mí; porque aquí hay dos clínicos, yo en Montevideo y Catalina en
Tacuarembó".
Catalina no solo fue una figura descollante para su tiempo y su
medio sino que hizo un tipo de medicina donde el aspecto humano pasó a ser el carácter
que definió su asistencia.
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