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¿Por qué no podemos saber cuántos niños padecen depresión, psicosis,
autismo o fobias? ¿Por qué en la ciudad de Buenos Aires y en el resto
de la Argentina no podemos saber algo tan importante para la adecuada
planificación y administración de los recursos, como es la prevalencia
de enfermedades psiquiátricas?.
Con ambas preguntas dándoles vuelta en la cabeza, un equipo de
psicólogos y psiquiatras especializados en chicos y adolescentes se
puso a trabajar para poder dar un primer paso en la obtención de esos
datos poblacionales. Para eso, utilizó la misma herramienta que
aconseja la Organización Panamericana de la Salud (OPS), para que los
gobiernos conozcan la prevalencia de los trastornos de salud mental y
de la conducta en la población de entre 8 y 17 años.
Se trata de una entrevista diagnóstica llamada DISC-IV, traducida al
español, y que se aplica a padres e hijos. Contiene una gran cantidad
de preguntas sencillas, sobre sensaciones, sentimientos y reacciones
cotidianas, que adultos y chicos tienen que responder con sí o con no.
Basta que uno de los dos dé una respuesta afirmativa, para profundizar
en ese síntoma potencial de una enfermedad o de un trastorno.
"Con nuestra investigación, logramos la primera parte: validar el
instrumento que se viene utilizando en el mundo para la pesquisa y el
reconocimiento de problemas psiquiátricos en la comunidad. Ese
instrumento demostró su validez y su confiabilidad en todos los lugares
donde se lo utiliza, y lo mismo replicamos ahora nosotros en Buenos
Aires", explicó ayer a La Nacion el psiquiatra infantojuvenil Gabriel
Kunst, integrante de la Sección Niños del Departamento de Psiquiatría
del Cemic.
Además, el autor del estudio publicado en Vertex y financiado con
una beca de la OPS agregó: "Es imprescindible que las autoridades se
decidan a hacer estudios poblacionales de prevalencia en salud mental
pediátrica. Claro que, con esta herramienta, podría no hacerse nada,
pero se estaría perdiendo una gran oportunidad de conocer la
prevalencia de la salud mental de nuestros chicos y adolescentes. Y eso
sólo depende de una decisión política".
Es que, en salud, más que el lanzamiento de planes y programas se
necesita implementar políticas de probada eficacia y poder conocer qué
resultados se van obteniendo en la prevención, la detección y el
tratamiento de los distintos trastornos.
"Así como un país necesita indicadores macroeconómicos para
instrumentar buenas políticas (PBI, tasa de desocupación, etcétera), en
la salud ocurre lo mismo. Y en la salud mental, también ?dijo el
autor?. La prevalencia y la incidencia de las patologías son
herramientas indispensables para la gestión de adecuadas políticas en
salud mental. Ocurre que, por lo menos en la población infantojuvenil,
la Argentina nunca tuvo esos indicadores. Y esto ocurre aquí, donde se
suceden brotes de crisis sociales y políticas de las que no terminamos
de conocer los efectos que producen para poder intervenir."
Junto con Kunst, los especialistas Jorge Blidner, Valentina
Esrubilsky, Hugo Longarela y Estela Vega reunieron a unos 200 chicos y
adolescentes atendidos en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. La
prueba, que no necesariamente debe aplicar un profesional de la salud,
se le tomó a un grupo de pacientes del Servicio de Salud Mental del
hospital.
Los resultados se compararon con las respuestas del grupo control,
que estuvo integrado por pacientes saludables que aguardaban en las
salas de espera en otros servicios. El estudio duró dos años.
Las preguntas del DISC-IV indagan sobre la presencia en los chicos
de un conjunto de síntomas que describen problemas como la psicosis, el
trastorno de ansiedad, la depresión, las ideas suicidas, los trastornos
alimentarios, etcétera. Por ejemplo, se pregunta, si tiene problemas
para dormir, se pelea mucho, tiene dificultades en la escuela o si tuvo
ideas de muerte en los últimos tres meses, entre otras preguntas.
Según el equipo, el DISC-IV demostró su buena capacidad para
detectar alteraciones psiquiátricas. Mientras que los padres informan
mejor sobre los síntomas conductuales de sus hijos, los chicos aportan
información más precisa sobre síntomas más subjetivos, como los
sentimientos de ansiedad o de depresión.
"Hasta ahora, no existía ninguna medida de evaluación validada para
la pesquisa poblacional de trastornos mentales. Ya tenemos un buen
termómetro; es necesaria la decisión política de usarlo", insistió
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