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“Los humanos somos expertos en caras”, dice uno de los científicos premiados en Turingia por su investigación en torno a las condiciones y los mecanismos cerebrales que nos permiten reconocer los rostros conocidos.
Aunque tendemos a darlo por sentado, el hecho de que seamos capaces de
reconocer los rostros de las personas que conocemos –se trata
literalmente de cientos de rostros– es una hazaña maravillosa de
nuestro cerebro. Igual de maravilloso, aunque a veces nos ponga en
aprietos, es el hecho de que haya caras que no podemos retener en
nuestra memoria aunque las hayamos visto varias veces. Saber cómo
funciona el sistema de percepción visual con que nuestro cerebro viene
equipado no nos caería nada mal. Por sus hallazgos en
el estudio de los mecanismos neuronales que permiten la percepción, el
almacenamiento y la identificación repetida de los rostros humanos, un
grupo de psicólogos de la Universidad Friedrich Schiller de Jena fue
galardonado con el Premio a la Investigación 2009 del Estado federado
de Turingia. Los científicos no han contemplado todavía las
aplicaciones directas de su trabajo –por eso reciben el galardón en la
categoría Investigación Fundamental–, pero, en tiempos como estos,
cuando la seguridad es un tema de prioridad global, no se tardará en
darle un uso práctico a sus descubrimientos.
Ciencia aplicada
“Nuestro trabajo
tiene relevancia para usos clínicos. Por ejemplo, para incrementar el
entendimiento y el tratamiento de trastornos como la prosopagnosia, que
le impide a un paciente reconocer las caras de personas conocidas”,
explica el profesor Stefan Schweinberger, quien, junto a los doctores
Jürgen Kaufmann y Holger Wiese, recibirá el premio el próximo 11 de
febrero.
“Mi grupo de trabajo
no se concentra en el desarrollo de algoritmos y mecanismos para el
reconocimiento automatizado de rostros, pero tenemos una cooperación
con un grupo en Gran Bretaña que sí lo hace y ellos han concebido
interesantes técnicas que nos dan referencias sobre cómo deben ser
tomados los retratos para optimizar la identificación humana, en otras
palabras, qué características deberá tener en el futuro la foto de
pasaporte ideal”, agrega el investigador.
Experto en rostros
Según Schweinberger,
casi todas las caras en nuestro entorno tienen una configuración muy
similar: sus rasgos –los ojos, la nariz, la boca– están ordenados
espacialmente y proporcionalmente de una manera muy homogénea. La falta
de contraste debería aumentar el grado de complejidad de la tarea de
identificar a un rostro de otro, pero eso no parece ser un problema
para los humanos. “Los humanos somos expertos en caras y lo que a los
científicos nos interesa son las condiciones y los mecanismos de
codificación neuronal en nuestro cerebro que nos permiten desarrollar
esa capacidad”, enfatiza el científico.
¿Y qué hay de la
dificultad que a veces tenemos para recordar la cara de alguien que
conocemos, para recordar que conocemos a la persona que tenemos delante
de nosotros o para distinguir una cara de otra cuando ambas nos
resultan exóticas? “Los alemanes tenemos una expresión que reza: ‘Para
mí, todos los chinos se ven iguales’. Y hay algo de verdad en ella; al
parecer tenemos mayor dificultad para codificar y reconocer los rostros
de personas pertenecientes a grupos étnicos distintos del nuestro, y
eso se puede comprobar a través de experimentos”, sostiene
Schweinberger.
“Todos los blancos se ven iguales”
Está claro que el uso
del adjetivo “exótico” debe relativizarse; no estamos acostumbrados a
decirlo, pero también los blancos son susceptibles de parecerse
demasiado los unos a los otros. “La gama de finas variaciones que
diferencian a un rostro centroeuropeo de otro es distinta de la gama de
variaciones que diferencian a un rostro asiático de otro, por ejemplo.
Codificar y reconocer los rostros de personas pertenecientes a un grupo
étnico distinto del nuestro con la misma eficiencia con que reconocemos
las caras de personas de nuestro grupo étnico exige una gran capacidad
visual”, insiste el psicólogo, sabiendo de antemano que entra en una
discusión algo espinosa.
¿Qué quiere decir
cuando habla de un “rostro asiático” o un “rostro centroeuropeo”, sobre
todo en una época marcada por la globalización? ¿Cómo fusionar el lugar
de nacimiento de una persona con sus rasgos faciales o “étnicos” y
emplear esa categoría en un discurso científico sin caer en
concepciones raciales ya superadas? “Esa es una discusión que los
psicólogos de la percepción sostenemos una y otra vez con los
psicólogos sociales, y que yo considero muy productiva”, dice
Schweinberger.
Entre psicólogos
“Los psicólogos
sociales argumentan que las diferencias que yo acabo de describir son
socialmente construidas y que mi dificultad para reconocer los rostros
de personas pertenecientes a un grupo étnico distinto del mío se ve
influenciada por mi entorno, por simpatías, antipatías o prejuicios
sociales”, señala el investigador de Jena.
“Pero hemos hecho
experimentos en los cuales se registran las respuestas eléctricas del
cerebro de nuestro colaborador cuando observa uno y otro rostro: el
procesamiento de los rostros pertenecientes a personas de su mismo
grupo étnico es más rápido –200 milisegundos– que el de los rostros de
personas de otros grupos étnicos. Aunque creo que el condicionamiento
social sí juega un papel en nuestra percepción, 200 milisegundos no
bastan para hacer procesos de clasificación social”, asegura
Schweinberger.
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