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Jonathan Dart y Sarah Cumberland informan sobre una forma de maltrato infantil que no es reconocible al ...
Jonathan Dart y Sarah Cumberland informan sobre una forma de maltrato
infantil que no es reconocible al instante, pero cuyas consecuencias
pueden ser graves. A falta de tratamiento, médicos australianos están
tratando de mejorar su diagnóstico y coinciden en que la atención debe
ponerse en la prevención. Se trata de una situación, por desgracia,
demasiado común: Un bebé ingresa en el hospital infantil de Sydney
(Sydney Children’s Hospital, Australia) con convulsiones, vómitos,
irritabilidad y letargo. No presenta lesiones evidentes y su madre no
acierta a explicar los síntomas del niño.
El
médico que lo explora puede pensar que el bebé tiene un virus. Pero un
examen más riguroso puede mostrar pistas sutiles que señalan lesiones
ocultas, como cardenales, hemorragias retinales o fracturas de las
costillas u otros huesos. La tomografía axial computarizada (TAC) u
otras pruebas pueden revelar también signos de lesiones.
Si
las lesiones no tienen explicación médica, se considera al bebé posible
víctima del “síndrome del niño maltratado”, un tipo de maltrato
infantil que consiste en el zarandeo violento de un lactante.
La expresión en inglés shaken baby syndrome (“síndrome
del bebé sacudido”) se utilizó por vez primera en la década de 1970,
pero en el hospital infantil de Sydney ya no se usa, aunque los
pediatras continúan usándola de forma poco imprecisa. Se usan más
habitualmente expresiones como traumatismo craneoencefálico por
maltrato (abusive head trauma en inglés) o lesiones cerebrales
infligidas por traumatismo (inflicted traumatic brain injury en inglés).
Según
el Dr. Kieran Moran, pediatra forense del hospital infantil de Sydney,
los bebés son víctimas de zarandeo violento sobre todo en su primer año
de vida, ya que es en este período cuando suelen llorar de forma
inconsolable y cuando los padres y cuidadores más se frustran. De
hecho, la mayoría de los casos de traumatismo craneoencefálico por
maltrato se dan en bebés de seis a ocho semanas, que es cuando más
lloran.
Según los médicos, la
consistencia de los cerebros de los bebés de muy corta edad es
semejante a la gelatina no cuajada. Las bruscas fuerzas de aceleración
y deceleración del zarandeo violento pueden hacer mucho más daño al
tejido y los vasos sanguíneos cerebrales que un golpe directo en la
cabeza como consecuencia de una caída desde poca altura. Según el Dr.
Moran, “Puede parecer que el zarandeo es la opción que probablemente
cause menos daños, pero posiblemente sea al contrario, ya que los bebés
son particularmente vulnerables debido a la delicadeza de su cerebro y
al escaso desarrollo de los músculos del cuello.”
Estudios
realizados desde finales de la década de 1970 en los Estados Unidos de
América han demostrado que entre el 13% y el 30% de los bebés a los que
se diagnostica traumatismo craneoencefálico por maltrato fallecen como
consecuencia de las lesiones, y que muchos de los supervivientes sufren
diversos grados de daños permanentes, como discapacidades de
aprendizaje y conductuales, ceguera, convulsiones y parálisis.
"El
pronóstico de los supervivientes suele ser terrible. Incluso los casos
más leves experimentan a menudo dificultades de aprendizaje y tienen
problemas para concentrarse. Todos estos pacientes deben someterse a un
seguimiento a largo plazo”, afirma el Dr. Moran.
En
el estado australiano de Nueva Gales del Sur, cuando se sospecha que un
niño ha sufrido traumatismo craneoencefálico por maltrato es remitido a
un hospital pediátrico principal donde se le somete a una investigación
en la que participa un pediatra forense. El pasado mes, el Departamento
de Salud del estado de Nueva Gales del Sur estaba ultimando unas nuevas
directrices para el diagnóstico y tratamiento de estos casos, que
incluyen formas de reconocer las lesiones craneoencefálicas
intencionales y las preguntas que deben formular los médicos a los
cuidadores.
El Dr. Moran, que
participó en la elaboración de las directrices, afirma que "la mejora
de la formación de los médicos en el reconocimiento de las señales de
alerta facilitará un reconocimiento más temprano y así prevenir, cabe
esperar, los casos más graves".
En
Nueva Gales del Sur —cuya población apenas llega a los siete millones—
menos de la mitad de los casos conocidos de traumatismo
craneoencefálico por maltrato en niños dan lugar a acciones judiciales
contra los autores del maltrato. Según afirma la Dra. Amanda Stephens,
que está trabajando en una tesis doctoral sobre la cuestión en la
Universidad de Sydney, "suele ser bastante difícil encontrar testigos
de un episodio de maltrato. Y cuando se sospecha de uno de los
progenitores … puede ser difícil conseguir que reconozcan (su culpa)".
De
modo que, al no ser el enjuiciamiento —o la amenaza de ello— un factor
disuasorio eficaz, y al ser el pronóstico tan malo, es preciso
centrarse en la prevención. Según la Dra. Stephens, "una vez que un
niño ha sido zarandeado o maltratado en la zona de la cabeza, es
demasiado tarde para intervenir. Realmente, hay que hacerlo antes de
que ocurra nada de esto: hay que detectar a los niños que están en
riesgo. Eso no significa necesariamente llevarse a los niños, pero sí
aplicar programas realmente intensos para garantizar que no se hará
daño al niño. También tiene que ver con políticas más generales, de
lucha contra la pobreza y el consumo de drogas, etcétera".
En
algunos países, las medidas primarias de prevención han demostrado ser
eficaces para concienciar a los padres y madres sobre los peligros de
zarandear violentamente a los lactantes y explicarles técnicas para
hacer frente al llanto de los lactantes. Estos programas sociales se
dirigen a los autores más probables de este tipo de maltrato. En
estudios realizados en Australia, el Canadá y los EE. UU. se ha
comprobado que los padres biológicos eran responsables de alrededor del
45% de los casos de traumatismo craneoencefálico por maltrato, mientras
que el 25% los causaba el compañero sentimental de la madre, el 15% la
madre y el 15% cuidadores.
En
Australia, el Departamento servicios comunitarios (Department of
Community Services), organismo público de Nueva Gales del Sur
responsable de la intervención familiar temprana, creó los programas
Brighter Futures (futuros más brillantes) en 2004 para apoyar y educar
a los padres y madres primerizos con riesgo, sobre todo a los padres.
En
los EE. UU., tras la introducción en el estado de Nueva York de un
programa hospitalario de educación a progenitores, los casos de
traumatismo craneoencefálico por maltrato a lactantes se redujeron en
un 47% durante un período de tres años, según un estudio publicado en
la revista Pediatrics en abril de 2005. El programa consistió
en proporcionar a los progenitores un sencillo folleto informativo de
una página, mostrarles un video de 11 minutos y pedirles que
confirmaran que habían recibido y comprendido la información. Costó
menos de 10 dólares EE. UU. por lactante y estaba diseñado para
realizarse en menos de 15 minutos.
Según
afirma el Dr. Mark S Dias, cirujano pediátrico del Penn State Milton S
Hershey Medical Center, en los EE. UU. y autor principal del estudio
sobre el programa del estado de Nueva York: “Cuando se tienen en cuenta
los costos médicos de la hospitalización inicial y los costos
posteriores del tratamiento [de un bebé zarandeado], que pueden ser de
casi 300 000 dólares EE. UU. de promedio, este estudio muestra que una
pequeña inversión de tiempo y dinero puede producir resultados
realmente eficaces.”
Investigaciones
realizadas en la facultad de Medicina de la Universidad de Carolina del
Norte, en Chapel Hill (EE. UU.), sugieren que debería considerarse en
todo el mundo la implantación de programas de educación de los padres y
madres. Encuestas realizadas a padres y madres de países con ingresos
bajos y medios sugieren que algunos zarandean a los niños como castigo
sin ser conscientes de las graves consecuencias.
Según afirma
el Dr. Desmond K Runyan: "Las incidencias notificadas de zarandeo de
niños de corta edad son (en esos países) 10 o más veces mayores que en
países con ingresos altos, y aún mayores en los barrios de tugurios de
las ciudades. Si la relación de esta práctica con el síndrome del bebé
sacudido es la que suponemos, puede explicar una gran parte de la
mortalidad infantil, del retraso del desarrollo y de las dificultades
de aprendizaje en países con ingresos bajos y medios".
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