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Que los pacientes conozcan los resultados de las pruebas a las que se
someten es un paso importante del proceso diagnóstico, especialmente si
estos no son buenos. Sin embargo, en ocasiones esta información no
llega a sus destinatarios poniendo en peligro así la vida del enfermo y
la carrera del médico. Según un trabajo publicado en ‘Archives of Internal Medicine’, uno de cada 14 tests anormales no se comunica al enfermo.
"Un error a la hora de informar sobre el resultado anómalo de una
prueba médica puede tener serias, incluso letales, consecuencias para
el paciente", ha explicado Lawrence Casalino, miembro del departamento
de salud pública del Weill Cornell Medical College (Nueva York, EEUU),
y director del estudio. Trabajos previos sugieren que estos fallos son
frecuentes aunque no se conoce el porcentaje exacto.
Al analizar los archivos médicos de 5.434 pacientes entre 50 y 69
años de edad que acudieron a 23 centros de atención primaria, Casalino
y sus colegas detectaron algunas irregularidades en la comunicación de los resultados
de distintas pruebas. En concreto, el estudio se centró en 11 tipos de
análisis de sangre, mamografía, Papanicolau y el test de sangre oculta
en heces.
Identificaron 1.889 exámenes cuyos resultados no eran normales. En 135 casos (un 7,1%), aparentemente, el especialista no había comunicado al paciente la situación.
El porcentaje de estos errores variaba mucho de un centro a otro, desde
un 0% hasta un 26%. Estas diferencias se pueden explicar, señalan los
autores, por la calidad de los procesos para administrar esta
información.
Aunque no existe un protocolo estándar, la literatura médica señala
algunos procedimientos de sentido común que son útiles para manejar
estos datos: siempre deben enviarse al médico responsable, quien debe
aprobarlos; el paciente debe ser informado, tanto si los tests fueron
normales como si no; y, por último, los usuarios deber recibir la
recomendación de ponerse en contacto con el centro en caso de no
recibir noticias al cado de un tiempo determinado.
La opinión de los propios médicos, a los que se les envió un
cuestionario acerca de su satisfacción con dichos procesos, estaba en
consonancia con la calidad de los mismos y con la tasa de error. "En muchos centros cada médico seguía su propio método.
En muchos casos, los especialistas y sus ayudantes les decían a los
pacientes que 'no news is good news' [no noticias quiere decir buenas
noticias], indicando que podían asumir que sus pruebas estaban bien si
no se contactaba con ellos. Ésta es una asunción peligrosa", explica
Casalino.
Otro de los factores que influía en el porcentaje de error era la
forma en la que el centro procesaba la información. Los que peores
cifras obtuvieron fueron aquellos que combinaban los archivos de papel
con los electrónicos mientras que "no se detectó diferencia alguna
entre los que empleaban al 100% uno u otro soporte", señalan los
autores.
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