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Los niños pequeños de entre dos y cuatro años con autismo parecen más propensos a tener una amígdala de mayor tamaño, un área clave del cerebro asociada con funciones como el procesamiento de los rostros y las emociones, según un estudio de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, que se publica en la revista 'Archives of General Psychiatry'.
Según los autores, esta anomalía cerebral parece estar asociada con
la capacidad para compartir la atención con otros, un habilidad que
predice el funcionamiento social y lingüístico posterior en los niños
autistas.
Los científicos, dirigidos por Matthew W.
Mosconi, realizaron estudios de imágenes de resonancia magnética en 50
niños con autismo y 33 niños control. Los niños pasaban por los
escáneres cerebrales y por pruebas sobre características de conducta
autista a los 2 y los 4 años. Entre ellas se incluía una prueba que
medía la atención conjunta, que supone seguir la mirada de otra persona
para comenzar una experiencia compartida.
Los resultados
muestran que, en comparación con los controles, los niños con autismo
eran más propensos a tener un agrandamiento de la amígdala a los 2 y 4
años. Los descubrimientos sugieren que, junto con estudios previos
sobre las tasas de crecimiento de circunferencia de la cabeza en el
autismo y sobre el volumen de la amígdala en la infancia, las
trayectorias de crecimiento de la amígdala están aceleradas antes de
los dos años en el autismo y siguen más grandes durante los primeros
años de la infancia.
Según los autores, el mayor
tamaño de la amígdala en niños de dos años con autismo es
desproporcionado en relación al mayor tamaño cerebral global y sigue
así a los 4 años.
Entre los niños con autismo, el
volumen de la amígdala se asoció con un aumento en la capacidad de
atención conjunta a los 4 años. Esto sugiere, según los investigadores,
que las alteraciones en esta estructura cerebral podrían estar
asociadas con un importante déficit del autismo.
Según
los investigadores, la amígdala juega un papel crítico en una fase
temprana del procesamiento de la expresión facial y en alertar a las
áreas corticales para la significación emocional de un evento. Por
ello, los autores señalan que las alteraciones en el desarrollo
temprano de la amígala interrumpen la asignación del significado
emocional ante los rostros y la interacción social.
Los
científicos esperan que el seguimiento de los niños determine si las
tasas de crecimiento de la amígdala continúan al mismo ritmo o pasan
por otro periodo de crecimiento acelerado o de desaceleración en los
niños autistas después de los cuatro años.
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