En nuestra particular existencia como sociedad, coexisten variadas prácticas y valores con los cuáles nos identificamos. Las mismas inciden en la construcción mitológica de que la sociedad uruguaya es una sociedad conservadora. La sexualidad y sus prácticas no quedan excluidas de dicha visión.
Aquí nuestra sexualidad; sus múltiples formas de ejercicio y
fundamentalmente los medios de comunicación usados en la actualidad
para algunas de estas formas de vivirla, están en permanente evolución.
En esta línea de cambios, las valoraciones morales de mayor peso
conservador, que condenan distintas prácticas sexuales, parecen ir poco
a poco pasando de un lugar militante, al lugar del simple enunciado. La
condena activa de ciertos ejercicios de la sexualidad, deja paso a
cierta indiferencia, que no significa una aceptación pero si una
convivencia pacífica.
No obstante, no podemos dejar de ver que durante
mucho tiempo el silencio ha caracterizado los modos, las prácticas, la educación,
la información y formación sobre la
sexualidad en nuestro país. Estos silencios, resultado del miedo a la condena
social o simplemente de la propia incomodidad han pautado la mentalidad y las distintas
visiones sobre la sexualidad, lo normal y lo anormal, lo correcto y lo
incorrecto. Los sistemas de valores, los condicionamientos filosóficos,
políticos y económicos, los esquemas ideológicos referenciales influyen sobre
las formas en que vivimos nuestra sexualidad, condicionándola en su libre
expresión y ejercicio a través de las pautas socio-culturales imperantes. En
otras palabras, es difícil que podamos ejercer nuestra sexualidad en forma
fluida y libre, si el silencio de nuestro medio social sobre estos temas, nos
dan la pauta de ser una actividad reservada a la más estricta esfera privada y
a su vez nos anticipan la incomodidad social y el rechazo.
Nuestra sociedad ha acompañado a lo largo del
siglo XX, no solo sin grandes traumas sino por el contrario muchas veces con
cierta avidez, la apertura al tema de la sexualidad que ha habido en el mundo
occidental. El surgimiento del Psicoanálisis en Europa sobre principios del
siglo pasado, poniendo sobre la mesa temas hasta entonces tabú como la
sexualidad infantil. Los estudios taxonómicos de Alfred C. Kinsey en Estados
Unidos en la década del cuarenta, junto a otras aproximaciones científicas
permitieron comenzar a conceptualizar la sexualidad humana. Mas adelante, en la
década del sesenta se fue más allá de la aproximación científica a la
sexualidad, para ubicarla como un elemento de reivindicación socio-política.
Asistimos así a lo que muchos consideran una “revolución sexual”, donde a
partir de una liberalización de las conductas sexuales de los viejos valores,
se promovió la igualdad de derechos más allá de género y sobre todo se asistió
a un posicionamiento político que confrontaba lo destructivo con lo creativo.
Esa frase que hoy nos puede resonar ingenua o hasta superficial de “hagamos el amor y no la guerra” sintetizó en su momento un nuevo status para
la sexualidad como tema de Estado.
Las décadas del ochenta y noventa, tienen como
característica lo que el reconocido sexólogo Dr. Andrés Flores Colombino llamó
“La nueva revolución sexual” en sus Cuadernos de Sexología. Relacionada con la
de la década de los sesenta, pero modificada según este autor por la influencia
de tres factores: el SIDA, el desarrollo del feminismo y la consolidación de
formas alternativas de comportamiento sexual.
Hoy día, en cierto sentido la primera oleada de
pánico provocada por el SIDA parece haber disminuido. Los temas de género están
en todos los medios, la homosexualidad y bisexualidad como orientaciones
sexuales también han ganado terreno en cuanto a su aceptación por parte de
quienes se manifiestan heterosexuales. La aceptación de la llamada “diversidad
sexual”, es un valor que se va imponiendo sobre los valores que condenan las
prácticas no heterosexuales y no monogámicas. Socialmente hay actos de
reivindicación que incluyen desde actos de gobierno como nombrar ciudadanos
ilustres a un coro gay, hasta deportivos como participar en torneos
futbolísticos de equipos integrados mayoritariamente por personas de
orientación sexual homosexual. Todo esto como formas de una integración social más
respetuosa de la diversidad.
Podemos decir que en la realidad actual son otros
los factores que se agregan. Los mismos son realmente interesantes de analizar
y marcan un cambio en nuestra sexualidad y sobre todo en lo que tiene que ver
con las formas en que establecemos contacto.
Hoy por hoy estamos enfrentados a un nuevo
paradigma: el paradigma de la virtualidad, en el cuál a través del auge de la internet,
de los efectos producidos por los medios masivos de comunicación, de los adelantos
tecnológicos utilizados como facilitadores de la misma, pautan una nueva modalidad de los vínculos
afectivos y también cambios en la sexualidad. Día tras día y a toda hora (en
este mismo momento), miles de uruguayos recurren a la Internet, como forma de
ejercer su sexualidad. Para algunos es una fuente de estímulo sexual y recurren
a la internet básicamente para ver (y oír) material de tipo erótico y
pornográfico. Esto puede tener como desenlace una actividad masturbatoria o no.
A nivel adolescente principalmente, la pornografía en Internet es una forma de
exploración y satisfacción de la curiosidad sexual muy usada. No obstante no
debemos dejar de ver que a nivel adulto también. Para otras personas, la
internet es un lugar de contactos, donde se juegan otros códigos de seducción,
donde la palabra escrita es el elemento principal. Sin importar las apariencias
o que tengamos puestos, la
Internet ofrece la oportunidad de ese primer contacto.
La relativa privacidad, la posibilidad de un
comienzo comunicativo desde el anonimato, cobra aquí un nuevo sentido, dando nuevas potencialidades
a la comunicación. El miedo al rechazo, al ridículo o a la inadecuación social
de la propia fantasía sexual se matizan por la complicidad de las partes. La
paulatina negociación de la mutua privacidad permite dar rienda suelta a un sin
fin de manifestaciones en el ámbito de la sexualidad, muy difíciles de alcanzar
en tan corto tiempo en un contacto personal cara a cara. Así los medios
virtuales que sugieren una complementación y en muchos casos hasta la
sustitución de los métodos convencionales de relacionamiento, se han
transformado en un elemento importantísimo para muchas personas para procurar
la satisfacción de sus deseos sexuales.
A estas formas virtuales, debemos agregar la
tele Chat, Chat telefónicos, los mensajes de texto, etc. Implican un cambio en
las formas de seducción y atracción, yendo desde lo sugerido e insinuante, a formas
más explícitas y directas en la búsqueda del relacionamiento sexual. Sino se
logra contactar a alguien para un encuentro sexual (que a veces también es
virtual y la masturbación juega parte importante) siempre se tiene en los
medios virtuales una amplia oferta de comercio sexual. La Internet, el teléfono, los medios de prensa
escrita, en todos hay una amplia oferta de comercio sexual, para todo tipo de
orientación y atendiendo a una gran variedad de intereses y fantasías. Todo parece
volverse mas fácil y accesible. Todo parece estar al alcance de la mano; es
suficiente digitar un número telefónico, o las teclas de una computadora para
acceder a este placer virtual o al “delivery”, porque el comercio sexual hoy
por hoy también cuenta con “delivery”. No importa si nuestro deseo es con una
pareja, con un travesti, con un hombre mayor, una mujer grande, si nos atrae el
fetichismo, las relaciones sado-masoquistas o una sesión para voyeurs, todo es
posible y se puede buscar desde el anonimato. En el Uruguay actual, la
sexualidad está pautada no solo por lo que podemos hacer sino por las
posibilidades que la tecnología facilita. Es el encuentro entre la
revolución sexual y la revolución
tecnológica de las comunicaciones. Quizás cabría preguntarnos si la búsqueda de
ejercer una sexualidad en forma más reservada, lejos del riesgo del rechazo
personal y del juicio publico, no ha sido en parte el motor de la revolución
tecnológica de las comunicaciones. Cuestionarnos si nuestras dificultades para
contactarnos no han dado pie al desarrollo de las comunicaciones.
En
consecuencia el sexo en Internet aparece en nuestros días como un fenómeno nuevo, cada vez más
extendido entre jóvenes y adolescentes. Si bien en un principio el
comportamiento sexual a través de Internet no tiene por qué ser un problema, lo
es cuando el cibersexo se convierte en algo compulsivo, que interfiere en la
vida cotidiana y se mantiene a pesar de las consecuencias negativas para la
persona.
Un estudio
elaborado por Unisexsida en el que han participado alumnos de la Universidad Jaume
I de Castellón y cuyos resultados fueron presentados en el 2007 en el 5th
World Congress of Behavioral and Cognitive Therapies, muestra datos interesantes
sobre este fenómeno. Infocop online
se ha interesado por los resultados de este estudio y ha entrevistado para sus
lectores a Rafael Ballester, director de la Unidad de
Investigación sobre Sexualidad y Sida de la Universidad Jaime
I y responsable de este estudio.
La comunicación parece entonces estar al
servicio de nuestra búsqueda de placer y el lugar de “el otro” queda en parte
reducido a si me podrá dar placer. Estas búsquedas centradas en posturas hedonistas
garantizan una modalidad de placer, que lejos de provocar un contacto real y
directo con el otro, apela a un espacio ilusorio.
Las posibilidades que nos ofrecen las altas y
sofisticadas tecnologías modernas, provocan un sinfín de situaciones. El tan
conocido Messenger, en dónde navegan millares de personas satisfaciendo
diversas necesidades, implica un contacto virtual con el otro, en dónde no hay
lugar para el encuentro real. Programas diurnos y nocturnos como el fono
encuentro, las tan visitadas páginas Web, que estimulan nuestra recóndita
“euforia sexual”, parecen ser entonces modalidades destinadas a elevar la nota
de nuestros estímulos pero no a producir un contacto humano integral.
La accesibilidad inmediata que nos prometen los
artilugios tecnológicos definitivamente no satisfacen la necesidad afectiva que
tienen las personas, y la sexualidad como tal no escapa a esta realidad. Si pensamos
a la misma no solo como la serie de comportamientos relativos a la pulsión
sexual y su satisfacción sino también como una expresión comunicativa entre
seres humanos que trasciende lo estrictamente físico, podemos ver claramente
que el punto de contacto en lo virtual no permite otra accesibilidad más allá
de lo ilusorio. El contacto real, el encuentro cara a cara con la persona como
hecho de mutuo reconocimiento y de trascendencia existencial, parece
desvanecerse en estas prácticas. La sexualidad puede quedar reducida a un
estatuto mercantil de alto consumo. Esta novedad, por tanto no nos asegura estrategias
para una comunicación humana afectiva y efectiva.
En las condiciones precedentemente detalladas,
¿dónde nos queda el tacto y la caricia?
No hay espacio ni tiempo para las mismas. La velocidad
de la realidad virtual sustituye la realidad del contacto directo y del mutuo
reconocimiento. La accesibilidad inmediata elimina la mediatez del abrazo, la
caricia, la guiñada, el gesto, la sonrisa, hasta el ceño fruncido. El tacto es
el auténtico punto de encuentro entre los sujetos. La caricia como dice Jean
Paul Sartre: “no es un simple roce de
epidermis: es en el mejor de los sentidos, creación compartida, producción,
hechura.” Cuando acariciamos al otro,
pretendemos trasmitir nuestros sentimientos y buscamos a la par sentir
lo que él experimenta, y de ésta manera identificarnos con sus necesidades,
forjando las bases para el entendimiento.
La apertura sexual lograda en el siglo pasado
es hoy por muchas personas sustituida en parte por lo virtual, persiguiendo una “sexualidad liberada” que en
los hechos parece más un refugio en cierto anonimato. Se puede observar una
creciente desconfianza con relación al entorno más próximo, a la intimidad
personal, al encuentro afectivo. Éste último queda relegado por el encuentro
pautado por los medios. Se produce una búsqueda que puede evidenciar un vacío o
una falta a nivel personal, dando lugar a nuevas formas de comunicación e
intercambio.
Resulta interesante poder analizar las razones
que movilizan estos tipos de contacto que pueden estar mostrando una forma diferente
de procurar una satisfacción sexual, tomando a la misma en un sentido
recreativo como también a veces estar mostrándonos de alguna manera una
afectividad obturada. Lo importante en todo caso es que cada persona pueda
vivir su sexualidad de acuerdo a su parecer y en respeto de si mismo y de los
demás. En ese sentido es claro que los medios virtuales ofrecen posibilidades
interesantes a todas aquellas personas que buscan en el sexo un perfil más
recreativo. También es previsible que quienes sientan su sexualidad como una
forma de comunicación que trasciende lo meramente recreativo, eventualmente se
sientan insatisfechas en relaciones virtuales.
De cualquier manera y sin lugar a dudas, en lo
que todos podemos acordar es que al igual que con Freud, Kinsey, los sesenta,
el feminismo o el SIDA, el auge actual del Internet y las comunicaciones han
marcado cambios significativos en como vivimos nuestra sexualidad.
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