Los dos receptores, uno de 22
meses y otro de 23 años, evolucionan favorablemente. "De a poco, a
medida que vaya tolerando los alimentos, Ignacio va a
poder dejar la alimentación parenteral [por vena], lo que nos va a
permitir sacarle el catéter. Eso es algo importantísimo para mí",
cuenta María Angeles Olivieri, mamá del niño mendocino que con
sólo 22 meses se ha convertido en uno de los dos primeros argentinos en
recibir exitosamente un trasplante de intestino, en la Fundación Favaloro de Buenos Aires.
Para María Angeles, que Ignacio vuelva a comer por sus propios medios y deje de ser alimentado a través de un catéter al que hasta hace un mes permanecía conectado 20 horas al día significa un puñado de cosas simples, cotidianas para la mayoría, pero hasta ahora inalcanzables para él.
"Que pueda darse una ducha, que pueda ir al colegio -sueña en voz alta esta mendocina de 28 años-. Ignacio no sabe lo que es estar bajo el agua (hasta ahora había que bañarlo sólo con una esponja) y su mayor salida era ir a la casa de sus abuelas, que lo cuidaban mientras yo iba a trabajar."
Cuando el lunes próximo sea dado de alta -tal como prevén los médicos de la Fundación Favaloro, donde se encuentra internado desde el 2 de junio, cuando recibió el trasplante-, Ignacio y sus padres volverán a su Mendoza natal. Lejos quedan ya los planes de María Angeles y Pablo, su marido, de instalarse en Buenos Aires a la espera de un donante.
"Estuvo sólo 3 semanas en lista de espera", dice María Angeles. Y aunque esa espera fue corta, la espera por una solución a su padecer duró los casi 22 meses de vida de Ignacio.
"Ignacio nació con enfermedad de Hirschprung, que se caracteriza por la ausencia de las células nerviosas que permiten la movilidad del intestino, lo que lleva a su obstrucción", explica el doctor Gabriel Gondolesi, jefe de la Unidad de Nutrición, Rehabilitación y Trasplante Renal de la Fundación Favaloro, donde se efectuó el trasplante de Ignacio.
Esa obstrucción crónica fue la que llevó al pequeño, el mismo que ahora corretea alrededor de su mamá, a ser sometido a seis cirugías en las que progresivamente se le extrajo su intestino. "Así fue como se hizo dependiente de la alimentación parenteral", agrega Pablo, su papá.
Pero ni eso ni todo el esfuerzo puesto por los nutricionistas del hospital Sor María Ludovica de La Plata que lo atendían (Ignacio y sus papás viajaban todos los meses a esa ciudad para el control médico) bastaba para que Ignacio estuviera bien. "Tenía diarreas, infecciones, vómitos -recuerda su mamá-; una semana estaba bien, y el resto del mes estaba mal."
Así llegó Ignacio a la Fundación Favaloro. Allí, gracias al apoyo del Instituto de Obra Médico Asistencial de la Provincia de Buenos Aires (IOMA), el doctor Gondolesi, que hasta diciembre dirigió el Programa de Trasplante de Intestino del Hospital Mount Sinai, de Nueva York, montó un programa similar.
Un sobreviviente
¿Qué llevó a IOMA a promover la creación de ese programa? Ante la imposibilidad de realizar estos trasplantes en el país (sólo se había realizado uno y con resultados negativos), mandamos un paciente a Estados Unidos para ser trasplantado, cuenta el doctor Antonio La Scaleia, vicepresidente de IOMA.
"Sólo ese tratamiento costó lo que cuesta ahora realizar diez trasplantes dentro de este programa -asegura-. El desafío para la seguridad social era armar un programa para que esto se pudiera resolver en el país."
Y se hizo. Y en forma más que solidaria: ninguno de los dos pacientes trasplantados pertenece a IOMA. Ni Ignacio, ni tampoco Marcos Esparza. ¿Cuál es su historia?
"Es la de un sobreviviente, la de un muchacho con un temple muy particular", responde Gondolesi. Con 23 años, Marcos fue intervenido quirúrgicamente más de diez veces para tratar de resolver la misma afección de Ignacio y lleva ya 16 años alimentándose por sonda. Eso no le impidió graduarse de instrumentador quirúrgico ni de comenzar a estudiar medicina en su Rosario natal.
"Pero este año decidí dejar la carrera por un tiempo, para esperar el trasplante -cuenta Marcos-. Yo sabía que iba a llegar." Y llegó con lo justo, apunta Gondolesi: "De las seis venas que se usan para la alimentación parenteral, Marcos tiene tapadas cuatro y sufría muchas infecciones asociadas al catéter".
Marcos estaba ante dos caminos sin salida: quedar imposibilitado de ser alimentado por vena o morir de una infección. Hoy, el panorama es otro: Marcos está superando una reacción de rechazo que hizo temer por la viabilidad del órgano trasplantado y sus médicos estiman que en un mes podrá volver a casa.
"Por fin va a poder tener una vida normal y ser libre", se emociona Mónica, su mamá, mientras Marcos le dice con ironía al enfermero que trata de sacarle sangre: "Te va a costar encontrarme una vena".
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