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Un paciente entra en mi consultorio y dice que se ha sentido mal
durante las últimas tres semanas. Un mes atrás, su esposa lo dejó por
otro hombre y él siente que no tiene sentido seguir. No ha estado
durmiendo bien, no tiene hambre y perdió el interés en casi todas sus
actividades.
¿Debería darle un diagnóstico de depresión clínica? ¿O mi paciente
simplemente está triste? La respuesta es más complicada de lo que
algunos críticos del diagnóstico psiquiátrico piensan.
Para esos críticos, la psiquiatría ha medicalizado la tristeza, al
no considerar el contexto social y emocional en el que las personas
desarrollan su estado de ánimo. El fracaso en el diagnóstico, afirman,
ha creado una falsa epidemia de depresión. En su reciente libro La pérdida de la tristeza
, A. Horwitz y J. Wakefield sostienen que durante cientos de años los
síntomas de la tristeza que tenían causa eran separados de los que no
la tenían. Sólo los últimos eran considerados desórdenes mentales.
Con el advenimiento del moderno criterio diagnóstico, sostienen los
autores, los médicos fueron alentados a ignorar el contexto de las
quejas de los pacientes y a hacer foco sólo en los síntomas. El actual
criterio de depresión mayor, dicen, falla en distinguir entre una
reacción "anormal", causada por una "disfunción interna", y una
"tristeza común", causada por circunstancias externas. Y culpan a los
intereses de médicos, investigadores y farmacéuticas.
Pero si bien esta tesis cada vez más popular contiene una pizca de
verdad, también oculta un montón de problemas conceptuales y
científicos.
En primer lugar, si el moderno criterio diagnóstico estuviera
convirtiendo la tristeza común en depresión, sería esperable que el
número de nuevos casos de depresión se estuviera disparando. Pero los
estudios recientes realizados en los Estados Unidos y Canadá coinciden
en que la incidencia de la depresión mayor se ha mantenido
relativamente estable en las últimas décadas.
En segundo lugar, pareciera fácil determinar si alguien con quejas
depresivas está reaccionando a una pérdida. Los clínicos con
experiencia saben que esto es raramente así.
La mayoría de nosotros podemos señalar pérdidas recientes o
decepciones en nuestras vidas, pero no siempre está claro que estén
causalmente relacionadas con la depresión. Un ejemplo: un paciente que
ha sufrido un accidente cerebrovascular (ACV) hace un mes se muestra
letárgico y deprimido. Para los críticos, esa depresión es una
"tristeza común" en reacción al golpe psicológico sufrido. Pero se sabe
que los ACV también alteran la química cerebral del cerebro que
interviene en el estado de ánimo.
¿Cuál es entonces el disparador real de esa depresión? Quizá sea una
combinación de factores psicológicos y neurológicos. En resumen, la
noción de "reaccionar" a los eventos adversos es compleja y
problemática.
En tercer lugar, está la idea de que tras una pérdida reciente lo
más probable es que los síntomas depresivos sigan un curso benigno y
limitado y que ,por eso, la persona no necesita tratamiento médico.
Esto nunca ha sido demostrado, hasta donde yo sé, en estudios bien
diseñados. Y lo que sí ha sido demostrado es que los antidepresivos
pueden ayudar a los pacientes con síntomas de depresión mayor que
aparecen justo después de la muerte de un ser amado.
Aun así, la mayoría de los psiquiatras reconocen que en el espacio
que actualmente brinda la consulta es muy difícil comprender mucho
acerca del contexto de las quejas depresivas. Y en esas condiciones,
muchos médicos se ven tentados a prescribir el antidepresivo Prozac y
pasar al siguiente paciente.
Pero el desconcertante interrogante de cuándo la tristeza se
convierte en depresión, y cómo debe ser tratada, requiere mucho más
estudio. Hoy la mayoría de los psiquiatras creen que no tratar la
depresión severa es un problema más acuciante que atender en exceso la
"tristeza común".
El autor es profesor de psiquiatría del Centro Médico Tufts, de Estados Unidos.
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